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Patrona de Venezuela Reina majestuosa, pero muy accesible y misericordiosa Plinio Corrêa de Oliveira
El trono y la base de esta imagen de Nuestra Señora de Coromoto combinan de un modo muy armonioso. El trono, con el respaldo alto y la curvatura superior, realza muy bien la elevación de la Santísima Virgen, indicando que tiene plena conciencia de su propia majestad. La base, bien calculada para dar la idea de proximidad, guarda proporciones muy amenas, en una altura accesible para todos. La imagen es de mármol blanco, pero de una albura tal que se diría que está hecha de una materia nívea, que no es de esta tierra. Esta blancura significa una transparencia de la esencia divina y extraterrena. Aunque la Virgen no tenga esencia divina, está penetrada de la gracia de Dios. A la luz del día, se tiene la impresión que el mármol refleja la blancura; a la luz de la noche, que la blancura habita como una luz interna en la materia, con irradiaciones de luz en su interior. La propia representación psicológica de Nuestra Señora es inmaculadísima, compuesta por ese níveo que habita en Ella y Ella viviendo en un cielo níveo, donde todas las cosas serían níveas. La primera nota de majestad y grandeza que emana de Ella es su participación en otro mundo, que la sitúa fuera de toda y cualquier comparación. Su actitud es de mucha calma, de alguien que se siente perfectamente a gusto donde está; para quien no cuenta el tiempo y está dispuesta a pasar siglos allí sentada. Es lo que podríamos llamar felicidad de situación. Su mirada y una ligera inclinación de la cabeza dan a entender que Ella es toda atención. Da la impresión que tiene una doble atención: una para sus valores internos y celestiales; y otra atención para quien está frente a Ella, y se muestra solícita: “Yo soy misericordiosa. ¿Qué es lo que deseas?”. La majestad de la imagen representa la conciencia de gobierno y la ciencia de ver las cosas en su conjunto. Ella tiene la visión superior de las cosas, sabe cómo ellas se compaginan y sabe cómo mandar para que funcionen bien. Su derecho a mandar se expresa en su relación con el Niño Jesús. Ella lo sostiene como quien manda, pero por otro lado lo señala, como quien dice: “Si me quieren agradar, mírenlo a Él, porque Yo vivo para Él”. De modo que, al mismo tiempo, Ella manda sobre Él, que es el primero de sus súbditos, y Él es su cetro; pero Ella es su trono, en el que Él se sienta como en un trono digno de sí. Así, Ella realza la majestad de su Hijo.
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Mil años de historia de una obra monumental |
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