Plinio Corrêa de Oliveira Dios desea que vivamos rodeados de maravillas, y que nos maravillemos con todo lo que es bello. El alma revolucionaria tiene aversión a lo maravilloso y aprecia apenas las cosas sensuales. A tal punto, que el revolucionario procura afear las cosas maravillosas que el pasado nos dejó. Por ejemplo, la pirámide de vidrio instalada en el patio principal del Palacio del Louvre, el más notable museo de París. Encomendada por el presidente socialista François Mitterrand, la hedionda pirámide afea uno de los más bellos golpes de vista que existe en el mundo, que es el patio del Louvre. ¿Por qué? Porque aquello que es maravilloso refleja a Dios. Todas las cosas bellas que existen reflejan a Dios, pero de forma desigual. De modo que hay cosas que reflejan más a Dios y otras menos. Las más maravillosas son las que reflejan más intensamente al Creador. Por lo tanto, al habituarnos a amar las cosas maravillosas según su grado de maravilla, nos volvemos más propensos a adorar a Dios. Al habituarnos a desear el cielo, que es la concentración de todas las maravillas, en todas las formas y grados imaginables. Cuando sentimos horror a lo vulgar, a lo feo, a lo sórdido y a lo caricaturesco, repudiamos aquello que es contrario a Dios. Y el amor a la maravilla lleva al hombre a creer en su Creador y después lo conduce a adorarlo. La Revolución incita al hombre a no apreciar lo maravilloso. Pero mientras que la creencia en Dios adorna el alma, volviéndola maravillosa, la posición revolucionaria, al contrario, desdora el alma, transformándola en un antro, en algo tétrico.
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