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Plinio Corrêa de Oliveira
Del castillo del Monasterio de Rodilla (construido en el siglo X, en la región de Burgos, España) apenas resta una torre sobre una elevación. Es innegable que el fotógrafo enfocó un ángulo que causa una impresión de heroísmo verdaderamente sublime. ¿Por qué provoca tal impresión? ¿Acaso un monasterio no se construye para la oración? ¿Cómo entonces tiene una torre tan belicosa? ¿Qué sentido tiene un monasterio torre? ¿Un monasterio fortaleza no es algo irreal? La respuesta es sencilla. Debido a las guerras que España tuvo que afrontar —guerras religiosas entre árabes musulmanes y católicos—, los monasterios eran ferozmente atacados por los sarracenos, que pretendían exterminar la religión católica. Estos monasterios solían estar situados en el campo, ya que los monjes querían vivir en retiro, lejos de las ciudades. Y para tal fin, necesitaban vivir protegidos de los ataques de los infieles. De ahí la construcción de monasterios fortalezas. Eran verdaderas fortalezas, defendidas por monjes obligados por las exigencias a ser monjes guerreros. Sus manos, a menudo ungidas, sostenían el cáliz, el rosario, bendecían, administraban los sacramentos, daban la absolución: eran manos símbolos de bendición y de paz. Sin embargo, si desde lejos vislumbraban a los mahometanos —el evidente riesgo de vida, así como el riesgo de profanación de los lugares sagrados y de violación de las mujeres de los alrededores—, entonces era el momento del valor, y aquellas manos empuñaban la espada. * * * La torre tiene algo de heroico. Sólida y gruesa para resistir cualquier tipo de ataques, esta torre de combate parece gritar: “¡Aquí estoy, nadie me sacará de aquí, resistiré a todo!”. Es testigo de gloriosas y antiguas batallas, de una misión histórica espléndidamente cumplida; un recuerdo del pasado, casi una reliquia bendecida por el cielo. El fotógrafo tuvo la suerte de capturar, con gran sentido artístico, el movimiento de las nubes sobre la torre. Da la impresión de que la luz avanza por ese cielo lleno de nubes, ilumina y cubre la construcción con una especie de aureola, símbolo del amor de Dios que impregna el ambiente y ayuda a comprender la elevada expresión moral de la torre. * * * Para sentir en vivo lo degradantes que son las innovaciones de nuestro siglo, imaginen junto a la torre, por ejemplo, un jeep… La simple presencia de tal vehículo arruinaría el panorama, como si insultara a la torre. De hecho, cualquier máquina moderna —un tractor o incluso un hermoso Mercedes Benz o un Rolls Royce— no quedaría bien cerca de esta torre. La huella mecánica de nuestro siglo no encaja con este panorama heroico.
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