Gran parte de nuestros contemporáneos imagina que la Antigüedad fue una época semejante a la actual. Piensan que los hombres de entonces apreciaban las mismas cosas que nosotros. No se dan cuenta hasta qué punto el cristianismo nos abrió un mundo de bellezas, de alegrías y de deleites que nuestros antepasados no disfrutaron. Quien así piensa no toma en consideración las magníficas conquistas culturales logradas a lo largo de los siglos, sobre todo después de que la tierra fue bendecida con la sangre preciosa de Jesucristo. Así sucede con el mundo del color. El cristianismo desarrolló ricas nociones cromáticas, en comparación con las de los pueblos primitivos y antiguos. Los pueblos de la Antigüedad, por ejemplo, mostraron una escasa apreciación por los colores que los rodeaban. Su literatura apenas los menciona. El misterio de Gladstone En su excelente artículo Via mediævalis, publicado en la plataforma Substack, Robert Keim escribe acerca de esta curiosa ausencia de color en la Antigüedad. Relata que William Gladstone, primer ministro del Reino Unido en la segunda mitad del siglo XIX, era un estudioso dedicado a la epopeya de Homero; pero a lo largo de los textos literarios advirtió escasas referencias al color, como si las epopeyas se desarrollaran en blanco y negro. El color azul estaba particularmente ausente. Esta laguna resultaba especialmente extraña, considerando que Homero narraba las travesías de sus personajes mientras navegaban por el profundo mar azul y contemplaban los cielos azules. Estas figuras heroicas estaban rodeadas de azul, y sin embargo Homero casi no lo menciona. Gladstone observó que todos los colores se expresaban de manera imprecisa. La misma palabra griega indicaba con frecuencia matices y colores que nosotros distinguimos con nombres diferentes y precisos. Los poemas griegos contenían apenas la forma más rudimentaria y elemental de expresión cromática, donde predominaban el blanco y el negro. Un problema cultural Estas especulaciones biológicas fueron posteriormente refutadas. Los ojos modernos no difieren de los de la Antigüedad, y lo que marcaba la diferencia era el significado atribuido a los colores. La riqueza de una cultura es lo que lleva los colores a la atención de un pueblo; y la literatura griega, a pesar de todo su brillo, seguía siendo en cierto modo primitiva en su expresión cromática.
El renombrado medievalista francés Michel Pastoureau estudió la transformación en la percepción de los colores, y afirma que la Edad Media les dio vida. Escribió varios libros, cada uno dedicado al análisis de un color específico. Su obra Azul: Historia de un color es un brillante estudio de cómo el azul evolucionó a lo largo del tiempo. El autor explica cómo la cultura moldeó la percepción del azul en la Antigüedad, resolviendo así el misterio de Gladstone acerca de por qué el azul estaba excluido de las epopeyas griegas. El azul estaba asociado a los bárbaros El mundo antiguo no tenía una aversión específica hacia el azul. Sin embargo, primero los griegos y más tarde los romanos, establecieron asociaciones que determinaron su relación con los colores. En este caso, ambas culturas —tanto la helénica como la latina— vinculaban el azul con los bárbaros y con su mundo sombrío y amenazante, pues estos acostumbraban teñir sus cuerpos y cabellos de azul, color que figuraba en sus rituales supersticiosos. El azul pasó así a asociarse, en su cultura, con referencias a la muerte y al inframundo. Vestirse de azul estaba fuertemente desaconsejado, pues se consideraba feo y perturbador. Hasta el final del Imperio Romano, el azul fue visto con sospecha y desprecio. El azul en la Edad Media Esta actitud fue cambiando gradualmente. Con el advenimiento de la Edad Media surgió una cultura rica que dio vida al color. Teólogos y eruditos comenzaron a descubrir significados simbólicos, metafísicos y místicos en los colores, empleándolos para expresar atributos de Dios, virtudes y principios que auxiliaban en la práctica de la fe católica. Con la conversión de los bárbaros, las gentes dejaron de tener motivos para despreciar el azul. Reconocieron que contenía una belleza especial, un mundo de significados y buscaron modos de utilizarlo. No cabe duda de lo que sucedió después. El Dr. Pastoureau explica cómo los cristianos medievales ofrecieron este color sublime a la Santísima Virgen, como tributo a sus múltiples cualidades, misericordias y gracias. El registro artístico muestra inequívocamente una explosión de azul en honor a la Madre de Dios en el siglo XII. De pronto, el profundo “azul mariano” se hizo prominente en el arte, en los vitrales, en la pintura y en la cultura, como medio de representar las excelencias de la Virgen María. Su amplísimo simbolismo
El azul honraba profundamente a Nuestra Señora. Su nombre, María, deriva de la palabra mar (mare), que casi siempre es azul. Ella fue tan pura y sin mancha que, al morir, fue asunta en cuerpo y alma a los cielos, al azul del firmamento. Los cristianos medievales se inspiraron en la tradición bizantina, donde el azul era el color de la realeza y de las emperatrices. El azul simbolizaba el reino divino, en el que la Santísima Virgen reina como Reina del Cielo y de la Tierra. El azul representaba la pureza de la Virgen María y su Inmaculada Concepción. En algunas diócesis españolas y de hispanoamérica, el azul es un color litúrgico usado en la fiesta de la Inmaculada Concepción, festividad mariana. El azul llegó a simbolizar la devoción de quienes se sacrifican mucho para honrarla. Nuestra Señora nos devolvió el color azul El azul abrió un mundo de expresiones para honrar y celebrar a la Madre de Dios, al cual el hombre medieval respondió con entusiasmo. Robert Keim concluye: “Sus evocaciones simbólicas —los cielos, las aguas de la vida, los ríos del paraíso, la rara belleza, la fecundidad sobrenatural, la llama más ardiente de la caridad, el mar de pruebas y peligros que todos deben surcar para alcanzar el puerto de la salvación eterna— son, en sí mismas un himno de alabanza a la Virgen de Nazaret”. El hombre medieval dio a la Santísima Virgen el azul como su color. Ella lo rescató de su cautiverio bárbaro y lo elevó para que todo el mundo lo contemplara. La devoción hacia Ella dio origen a una rica civilización, llena de vitalidad y de color, de la cual carecieron los antiguos paganos. María no se limitó a recibir este homenaje. Como verdadera Madre, nos devolvió el azul para que nuestros ojos se deleitaran en él, y pudiésemos emplearlo en cantar sus alabanzas.
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