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Plinio Corrêa de Oliveira
Cuando consideramos en las miniaturas medievales una ciudad vista de lejos, ella se presenta de un modo completamente diferente de la ciudad moderna. La ciudad moderna es de contornos imprecisos, irregulares, es como un tumor que se va extendiendo de aquí para allá y para más allá, de tal manera que en una cierta dirección ella creció mucho, y en otra existen aún parques que llegan casi hasta su centro. La ciudad medieval nos da la impresión de una moneda bien acuñada. Ella está repleta de casas, en un recinto delimitado por un muro y realzado por torres. El límite es definido y claro: para más allá del muro, campo; para dentro del muro, ciudad. El muro es el resplandor de la ciudad, pareciendo circundarla de una corona hecha de murallas, que le aseguran la posibilidad de defenderse por sí misma y de mantener su autonomía. Vista así en su conjunto, la ciudad da la impresión de una caja de tesoros. Porque lo que emerge de dentro de ella son cosas preciosas: las torres de las iglesias, las puntas de las catedrales con los rosetones y los vitrales, las torres de uno u otro palacio, etc. Se diría que entre sus torres había una especie de competencia para alcanzar el cielo.
Las calles no correspondían mucho a las ideas del urbanismo moderno. Eran sinuosas, caprichosas, inesperadas, con singulares peculiaridades. Las casas no tenían numeración. Nada de anuncios inmorales o de algo que pudiera ofender las buenas costumbres. Aquellas callejuelas están para las manzanas urbanas de nuestros días, cuadradas y cortadas en ángulo recto, más o menos como la caligrafía está para la dactilografía: la letra dactilográfica es irreprensible; la letra manuscrita muchas veces es irregular, y hasta fea, pero tiene la expresión de un alma. ¿Qué expresan esos cuadriláteros urbanos? Las almas de los hombres sin alma…
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Nuestra Señora de las Victorias |
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Si alguien tuviese una súbita perturbación en la vista, en los nervios o en la mente... El famoso cuadro de Velásquez es a justo título, una de las cúspides del arte. La gracia infantil de la Infanta, el cariño lleno de dignidad y respeto de las jóvenes que la sirven, etc. todo exhala un ambiente recogido, elevado, profundamente civilizado... |
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Dos cuadros, dos mentalidades, dos doctrinas ¿Qué terminará pensando y sintiendo sobre la Sagrada Familia un pueblo que tenga frente a sí obras pictóricas o escultóricas de este jaez? El arte cristiano tiene la misión de auxiliar dentro de sus posibilidades peculiares la difusión de la sana doctrina... |
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Desprecio pagano por la anciana que reza En nuestra época, toda impregnada de modernismo, de progresismo, de evolucionismo, es dura la condición de los ancianos. Hablamos aquí de los ancianos sin “maquillaje”, que no se avergüenzan de mostrar sus arrugas y sus cabellos blancos, que no esconden ni su edad,... |
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La Gran Cartuja Inmenso turíbulo del cual suben continuamente al cielo los sacrificios de la oración y de la penitencia. Llama la atención en este panorama el aspecto soberbio de la nieve. Ella cubre el edificio tan ampliamente que explica la razón de ser de los tejados y de las torres en punta... |
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La tradición cristiana y la fermentación revolucionaria en la expresión fisonómica No se puede considerar la figura de nuestro primer cuadro sin sentir un profundo respeto. Se trata de una madre de familia, con todo el aspecto de quien transcurre su existencia en el ambiente digno y santo del hogar. La dedicación a los suyos, la templanza, un frescor... |
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