Permitid que un conciudadano vuestro de ayer rinda homenaje a uno de los valores más preciosos de la vida humana y más descuidados en nuestro tiempo: la tradición. Es un patrimonio fecundo, es una herencia a ser conservada. Hoy las nuevas generaciones tienden completamente hacia el presente, o más bien hacia el futuro. Y está bien, siempre que esta tendencia no oscurezca la visión real y global de la vida; porque, para gozar del presente y preparar el futuro, el pasado nos puede ser útil y, en cierto sentido, indispensable. El alejamiento revolucionario del pasado no siempre es una liberación, sino que con frecuencia significa cortarse sus propias raíces. Para progresar realmente y no decaer, es necesario que
tengamos el sentido histórico de nuestra propia experiencia. Esto es
verdad hasta en el campo de las cosas exteriores, técnico-científicas y
políticas, donde el curso de las transformaciones es más rápido e impetuoso; y
lo es más aún en el campo de las realidades humanas, y especialmente en el
campo de la cultura; lo es en el de nuestra Religión, que es toda ella una
tradición proveniente de Cristo. S. S. Paulo VI, Alocución a sus coterráneos de Brescia, 26 de setiembre de 1970, in Insegnamenti, vol. VIII, pp. 934-944.
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