Eco fiel del mensaje evangélico, las apariciones de la Santísima Virgen en Lourdes hacen resaltar de manera sorprendente el contraste que oponen los juicios de Dios a la vana sabiduría de este mundo. En una sociedad que apenas si tiene conciencia de los males que la minan, que encubre sus miserias y sus injusticias bajo apariencias prósperas, brillantes y despreocupadas, la Virgen Inmaculada, que nunca llegó a conocer el pecado, se manifiesta a una niña inocente. Con compasión maternal, recorre con la mirada este mundo rescatado por la sangre de su Hijo, en el que desgraciadamente el pecado causa a diario tantos desastres, y, por tres veces, lanza su apremiante llamamiento: “¡Penitencia, penitencia, penitencia!”. E incluso pide gestos expresivos: “Id a besar la tierra en señal de penitencia por los pecadores”, y al gesto hay que unir la súplica: “Rezaréis a Dios por los pecadores”. Y así, como en los tiempos de Juan Bautista, como en los comienzos del ministerio de Jesús, la misma exhortación, fuerte y rigurosa, dicta a los hombres el camino del retorno a Dios: “¡Arrepentíos!” (Mt 3, 2; 4, 17).Y ¿quién se atrevería a decir que esta incitación a la conversión del corazón ha perdido actualidad en nuestros días? Mas ¿podría la Madre de Dios venir junto a sus hijos en otra forma diversa de mensajera de perdón y de esperanza? Ya el agua corre a sus pies: “Cuantos estáis sedientos venid a las aguas y alcanzaréis salud del Señor” (Oficio de la fiesta de las Apariciones. 1º Responso del III Noct.). A esa fuente, en la que Bernardita dócilmente fue la primera en beber y lavarse, acudirán todas las miserias del alma y del cuerpo. “He ido, me he lavado y he bebido” (Jn 9, 11), podrá contestar, con el ciego del Evangelio, el peregrino agradecido. Pero, lo mismo que en el caso de las muchedumbres que se apretaban junto a Jesús, la curación de las llagas físicas sigue siendo, al mismo tiempo que un gesto de misericordia, una señal del poder que el Hijo del Hombre tiene de perdonar los pecados (cf. Mc 2, 10). Junto a la gruta bendita la Virgen nos invita, en nombre de su divino Hijo, a la conversión del corazón y a la esperanza del perdón. ¿La escucharemos?
Pío XII, Encíclica Le Pèlerinage de Lourdes, 2 de julio de 1957.
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