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La segunda ciudad más poblada de Francia Nathalie Burckhardt
Marsella, ciudad con un rico patrimonio católico, ve cómo sus iglesias se deterioran bajo el peso del tiempo y de la indiferencia. Mientras que la basílica de Notre-Dame de la Garde, monumento emblemático de Marsella, se beneficia de una restauración de 2,47 millones de euros, no puede decirse lo mismo de los demás edificios religiosos de la ciudad. Según la investigación de Valeurs Actuelles, los frailes dominicos del convento de Saint-Lazare, por ejemplo, luchan por reunir los fondos necesarios para restaurar la iglesia de Notre-Dame du Rosaire, un edificio del siglo XIX que nunca ha sido objeto de una renovación completa. Debido a la falta de fondos, han tenido que renunciar a ciertas obras, en particular la sustitución del sistema de calefacción de la iglesia, estimada en más de 500.000 euros. Peor aún, algunas iglesias han sido abandonadas. La iglesia de Saint-Maurice, cerrada desde 2019, se venderá porque la diócesis de Marsella ya no puede permitirse mantenerla. Su futuro sigue sin estar claro, pero una cosa es segura: ya no será un lugar de culto. Esta preocupante tendencia forma parte de otra más amplia de desaparición de iglesias. En 2014, la histórica iglesia de La Capelette, que data de 1654, ya había sido demolida para ensanchar un bulevar.
Más allá de la falta de financiación, lo que está en juego es el propio respeto de lo sagrado. El pasado diciembre, actos vandálicos asolaron la capilla de Notre-Dame de Nazareth y la iglesia de Saint-Jérôme. Grafitis amenazantes, intrusiones, destrozos: los lugares de culto católicos son cada vez más el blanco de los delincuentes. Sin embargo, las autoridades se niegan a menudo a hablar de ataques anticristianos. Por último, algunas iglesias se están convirtiendo en refugios para inmigrantes ilegales bajo el auspicio de asociaciones proinmigrantes, como ocurrió en Saint-Ferréol el pasado mes de julio. La iglesia de Marsella está sufriendo. Está siendo objeto de vandalismo, del abandono y a veces incluso vendida. El Estado, propietario de la mayoría de los edificios católicos, no cumple su papel de guardián del patrimonio religioso. Solo se acometen restauraciones emblemáticas como las de La Major o Les Réformés, dejando en peligro una multitud de iglesias. La conclusión es amarga: mientras el entorno religioso de los católicos se deteriora, Francia pierde su identidad y su patrimonio espiritual.
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