La Palabra del Sacerdote ¿Puedo o no puedo casarme con una joven evangélica? Antes de eso, ¿ella tendría que convertirse al catolicismo?

PREGUNTA

¿Puedo o no casarme con una joven evangélica? Yo la quiero mucho y ella me quiere a mí, pero le dije que soy católico y que, para casarnos en la Iglesia, ella necesitaría antes convertirse al catolicismo. Ella me respondió que sus padres no lo permiten y, además, que tiene reservas respecto al catolicismo.

RESPUESTA

Padre David Francisquini

La Iglesia denomina “matrimonio mixto” a la unión en que una de las partes ha recibido el bautismo, pero no pertenece a la Iglesia Católica; y llama “matrimonio con disparidad de culto” a aquel en que una de las partes ni siquiera está bautizada.

Según el derecho vigente en la Iglesia latina, un matrimonio mixto requiere permiso expreso de la autoridad eclesiástica para su licitud (can. 1124). En los casos de disparidad de culto, se exige dispensa explícita de tal impedimento para que el matrimonio sea válido (can. 1086). En otras palabras, si no se solicita la correspondiente licencia o dispensa, en el primer caso el matrimonio es válido, aunque ilícito; en el segundo, simplemente no existe matrimonio: para la Iglesia, esas personas no están casadas.

Muchos juzgan que esta exigencia de autorización o dispensa revela intolerancia por parte de la Iglesia, como si ella fomentara divisiones innecesarias, aislando a las personas en grupos cerrados y dificultando la convivencia entre ciudadanos; algo que consideran esencial para el bienestar de un país plural como el nuestro, compuesto por individuos de diversas procedencias y creencias.

No cabe duda de que la amistad y la buena voluntad contribuyen a la paz social, y nadie debe ser discriminado en los negocios o en la vida pública simplemente por diferencias religiosas o culturales. Sin embargo, la idea de tolerancia no puede aplicarse indiscriminadamente a ámbitos donde no es pertinente. Ante la pregunta: “¿Cuál es la suma de dos más tres?”, nadie esperaría que un maestro reaccionase con igual aprobación a las respuestas “cuatro” y “cinco”. Ello porque la verdad posee derechos que el error no tiene. Tolerancia no significa que esté prohibido reconocer que ciertos principios son verdaderos y otros falsos, ni implica que hacer tal distinción revele estrechez mental.

Los matrimonios mixtos ponen en riesgo la fe del cónyuge católico

Los católicos creen firmemente que las doctrinas enseñadas por Cristo y transmitidas por la Iglesia fundada por Él son verdaderas, y que todo lo que contradice el depósito de la revelación divina custodiado por la Iglesia Católica está en el error. Así, cuando la Iglesia se opone a los matrimonios mixtos, no lo hace por desprecio hacia los no católicos, sino precisamente por amor a ellos, deseando que también participen de la plenitud de la verdad y se incorporen al rebaño del Buen Pastor.

Los esponsales o Boda de hidalgos en Begoña, Francisco de Mendieta, 1607 – Óleo sobre lienzo, Diputación Foral de Guipúzcoa

Pero, sobre todo, la Iglesia restringe tales matrimonios para proteger a sus propios hijos, alentándolos a unirse con personas de la misma fe. ¿Por qué? Porque la experiencia secular demuestra que las uniones entre personas de religiones distintas ponen en riesgo la perseverancia del cónyuge católico e introducen elementos que pueden comprometer la estabilidad del hogar y la felicidad del matrimonio. La razón y el sentido común indican que, cuando existen divergencias en una de las cuestiones más elevadas de la vida, se crea una línea de división que debilita una unión destinada a ser de las más íntimas posibles: una unión de corazón, de aspiraciones y de proyectos de vida.

El punto más importante —como ya se ha mencionado— es que la Iglesia, consciente de la misión recibida de su divino Fundador de preservar la fe de sus hijos y de las generaciones futuras, se preocupa profundamente por evitar que ellos ingresen en ambientes capaces de perjudicar o entibiar esa fe. Es precisamente porque tales matrimonios conducen con frecuencia a la indiferencia religiosa de los padres y a la negligencia en la formación espiritual de los hijos que la Iglesia los prohíbe cuando no existen garantías de que la fe católica será el corazón del nuevo hogar.

Para la Iglesia, el mayor tesoro de la vida es el depósito de la verdad religiosa confiado por Jesucristo: la verdadera perla de gran valor. Ella preferiría sufrir mil veces la muerte antes que negar esa fe o traicionar su misión; ninguna ventaja material o social podría compensar la pérdida de la fe, aunque sea de uno solo de sus hijos.

Con esta profunda convicción acerca del valor supremo de la religión de Jesucristo y con plena conciencia de su responsabilidad divina de preservar ese depósito de la verdad en toda su integridad, ¿no es natural que la Iglesia alerte contra cualquier peligro que amenace la fe de sus hijos? Una madre fiel no se omite frente al riesgo; emplea todos los medios para apartar las condiciones que pongan en peligro el derecho espiritual de sus hijos.

Se trata, por tanto, de una disciplina plenamente coherente con la creencia de la Iglesia en el valor supremo de la fe en Jesucristo y en la Iglesia instituida por Él como instrumento de salvación. En vez de escandalizarse, los no católicos podrían admirar la firmeza de convicción de los católicos y el desvelo con que la Iglesia procura proteger a sus hijos de graves peligros espirituales.

La divergencia entre los padres, en materia religiosa, conduce a los hijos al relativismo

Alguien podría objetar que, si un católico está convencido de que la fe católica es la única verdadera religión, no debería temer el riesgo de perderla al casarse con alguien de otra creencia. ¿No indicaría ello falta de confianza en la fuerza intrínseca de la propia fe? ¿No sugeriría que necesita de una redoma de cristal para sobrevivir? Tal es la objeción que algunos lectores —y quizá el propio consultante— podrían levantar.

Sin embargo, esa objeción ignora la realidad concreta de la naturaleza humana. No somos meras máquinas de razonamiento lógico; somos seres influidos por afectos, emociones y por el ambiente cotidiano. Piénsese en un joven convencido de la necesidad de obedecer los Mandamientos de Dios; convicción racionalmente sólida. Colóquese a esa persona en un ambiente de tentaciones constantes, donde el vicio se presenta bajo apariencia seductora, excitando la imaginación y las pasiones. Se tornará como un junco agitado por el viento. Nadie con experiencia de vida negará la fuerza del ambiente sobre el comportamiento humano. Reconociendo esto, la Iglesia procura preservar a sus hijos de contextos que comprometan la vida de fe.

Ese riesgo se vuelve aún mayor en nuestros días, debido a la deficiencia de la formación religiosa en el hogar y en la escuela. Muchos fieles carecen de fundamentos sólidos, de modo que críticas, burlas, presiones sociales y otras influencias externas pueden llevarlos a cambiar su derecho de primogenitura —como en la imagen bíblica— por un plato de lentejas.

Boda en la iglesia del Sagrario en Lima (Foto: Sergio Del Carpio / sergiodelcarpio.com)

Otro efecto nocivo de los matrimonios mixtos no atañe únicamente al matrimonio mismo, sino a la educación de los hijos, que constituye el fin primordial que Dios atribuyó al matrimonio: “Creced y multiplicaos”. Todos reconocen que la influencia del ambiente familiar es determinante en la formación de los niños. Pues bien, cuando los propios padres discrepan en materia religiosa, resulta extremadamente difícil cultivar en los hijos una fe firme y coherente. Es natural que el niño criado en un hogar así dividido llegue a pensar: “Si hasta mis propios padres no logran ponerse de acuerdo sobre cuál es la verdadera religión, ¿cómo voy a lograrlo yo?”.

Aun cuando el cónyuge no católico no frecuente ninguna iglesia y procure sinceramente alentar a los hijos a seguir la fe del cónyuge católico, la tendencia es que los hijos terminen sin practicar religión alguna o adoptando una creencia falsa, pues el ejemplo pesa más que las palabras. Cuando el aliento no se confirma con el testimonio de vida, su eficacia se reduce. Al crecer, los hijos tenderán a imitar al progenitor que permanece en casa viendo televisión, considerando la práctica religiosa como algo infantil, y no como una actividad propia de adultos.

Así, en numerosos hogares marcados por divergencias religiosas, el ejemplo cotidiano de los padres va imprimiendo, lenta pero profundamente, su huella en la mente impresionable de los niños; una huella que con frecuencia los acompaña toda la vida. Como ya se ha dicho, el hogar ejerce una influencia más poderosa que cualquier escuela, pues educa tanto por la instrucción como por el ejemplo. Padre y madre fueron designados por Dios y por la misma naturaleza como los primeros y más eficaces educadores. Si entre esos dos maestros existe un desacuerdo religioso, difícil es imaginar que los hijos escapen a las consecuencias, que se manifiestan en forma de confusión e inseguridad espiritual.

Quien afirma que las diferencias religiosas no afectan la vida familiar ni comprometen la unidad del hogar, demuestra desconocer —como la Iglesia conoce— el corazón humano y el impacto profundo de las palabras y actitudes de los padres sobre los hijos pequeños. Quien acompaña de cerca la vida pastoral percibe que no se trata de una teoría abstracta, sino de dramas reales, donde se derraman lágrimas y sufren corazones porque la familia fue dividida por la espada de las divergencias religiosas. La religión puede ser un lazo de profunda unión familiar, pero, cuando existe una discordia esencial, puede convertirse en espada de división. Existen excepciones, sin duda, pero ellas no hacen sino confirmar la regla.

La nueva ley canónica debilita los compromisos para la obtención de la dispensa

Podría objetarse, en sentido contrario: “Si los matrimonios mixtos son tan arriesgados, ¿por qué entonces la Iglesia Católica autoriza a los obispos a conceder dispensas a los fieles de su diócesis, permitiendo así que tales matrimonios se realicen?”. La respuesta está en el hecho de que, aunque mantiene firmemente el ideal del matrimonio entre personas de la misma fe, la Iglesia reconoce que ese ideal no siempre puede alcanzarse en todas las circunstancias. Sus fieles están diseminados en sociedades plurales, donde muchas veces son una minoría.

Los desposorios de la Virgen, Bartolomé Esteban Murillo, c. 1660 – Óleo sobre lienzo, The Wallace Collection, Londres

En el trato cotidiano con personas de otras creencias, surgen naturalmente vínculos afectivos —como en el caso del consultante— que pueden conducir al deseo de matrimonio. La Iglesia no ignora esa realidad ni vive apartada de las condiciones concretas de la vida humana. Al contrario, la enfrenta con franqueza y aplica sus principios con prudencia, buscando siempre el bien espiritual y humano de sus hijos.

Cuando el ideal no puede ser plenamente alcanzado, la Iglesia procura el mejor resultado posible. En vez de prohibir sin excepción el matrimonio con una persona no católica —especialmente cuando los implicados están profundamente comprometidos—, la Iglesia adopta una disciplina que combina firmeza doctrinal con prudencia pastoral. Concede dispensas por razones proporcionadas, permitiendo el matrimonio con cismáticos, herejes o no bautizados; pero ello únicamente cuando existen garantías razonables de que la fe del cónyuge católico y la educación religiosa de los hijos serán preservadas.

En el pasado, esas garantías se formalizaban con gran rigor. La parte no católica firmaba, ante dos testigos, el compromiso de respetar la indisolubilidad del matrimonio (no aceptada por la inmensa mayoría de las religiones no católicas), así como de asegurar la libertad del cónyuge católico para practicar su religión, además de prometer que todos los hijos serían bautizados y educados según la fe católica. La parte católica, por su parte, se comprometía a vivir fielmente su religión y a promover, mediante el ejemplo y la oración, la eventual conversión del cónyuge.

Desgraciadamente, tras la promulgación del actual Código de Derecho Canónico, esa disciplina fue debilitada de manera significativa. En nombre de un falso ecumenismo, se pasó a exigir únicamente que la parte no católica tenga conocimiento del compromiso asumido por el cónyuge católico “que hará cuanto le sea posible para que toda la prole se bautice y se eduque en la Iglesia católica” (can. 1125), sin la obligación formal de garantizarlo. En la práctica, esto debilita radicalmente la protección anteriormente asegurada a la educación católica de los hijos. Tanto es así, que los redactores del Catecismo de la Iglesia Católica juzgaron prudente interpretar ese canon en el sentido de que el cónyuge católico se compromete a “asegurar” el bautismo y la educación católica de los hijos (n.º 1635). Ahora bien, asegurar es mucho más que simplemente hacer “cuanto le sea posible”, una fórmula que exime del compromiso si el cónyuge no católico ofrece alguna resistencia.

Por ciertos aspectos, el caso resulta aún más grave en los matrimonios entre católicos y seguidores de las iglesias orientales cismáticas. Porque esas iglesias exigen el recurso al rito ortodoxo para la validez sacramental del matrimonio y, sobre todo, que los contrayentes se comprometan a bautizar y educar a los hijos en la fe cismática, un compromiso incompatible con el requisito exigido al católico de hacer “cuanto le sea posible” para que ellos sean católicos. Como gran concesión, los patriarcas cismáticos del Líbano consintieron, en un acuerdo con los patriarcas católicos, firmado en 1996 en Charfeh, que el bautismo de los niños se realice en la religión del padre, por lo cual las madres católicas, al casarse, renuncian estatutariamente a la posibilidad de bautizar y educar a los futuros hijos como católicos.

El relativismo ecuménico está debilitando los principios católicos

En un documento del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, publicado en 2020 y firmado por el cardenal Kurt Koch (foto), se afirma explícitamente que los matrimonios mixtos “no deben ser considerados un problema” y que el obispo diocesano “está llamado” a autorizarlos, debiendo fomentar una “pastoral de las familias cristianas interconfesionales”, destinada a involucrarlas en actividades ecuménicas.

Todo esto ha sido justificado por el deseo de presentar a la Iglesia como menos rígida y más abierta al diálogo ecuménico. En un documento del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, publicado en 2020 y firmado por el cardenal Kurt Koch, se afirma explícitamente que los matrimonios mixtos “no deben ser considerados un problema” y que el obispo diocesano “está llamado” a autorizarlos, debiendo fomentar una “pastoral de las familias cristianas interconfesionales”, destinada a involucrarlas en actividades ecuménicas.

En otras palabras, aquello que antes era visto como una anomalía disciplinaria pasó a ser presentado por las altas esferas de la Jerarquía casi como un signo profético de una futura convergencia entre comunidades cristianas —una “diversidad reconciliada”— sin la exigencia de plena unidad de fe.

Ahora bien, Nuestro Señor Jesucristo no fundó muchas iglesias, sino una sola Iglesia. Con base en hechos concretos y en la verdad histórica, la antigua disciplina de la Iglesia no era irracional; al contrario, es la única que exige derechos a la verdad que el error no posee. Si la Iglesia cediera, permitiendo activamente que los bautizados fueran criados fuera de su seno, estaría siendo infiel a su misión divinamente designada de enseñar a toda la humanidad las verdades predicadas por el Salvador. Convencida de su origen y misión divinas, Ella tenía antiguamente la valentía de traducir esa creencia en acción.

Por ello, aun cuando en el matrimonio entre personas bautizadas los ministros del sacramento son los propios cónyuges, la Iglesia exigía que el matrimonio se celebrara con el rito católico y ante un sacerdote católico. Rara vez consentía en dar dispensa del rito, porque si se celebraba ante un ministro no católico, ello podía interpretarse por terceros como un reconocimiento implícito de la supuesta veracidad de una secta fundada, no por Jesucristo, sino por Lutero, Calvino u otro hereje.

Aun cuando en el matrimonio entre personas bautizadas los ministros del sacramento sean los propios cónyuges, la Iglesia exigía que el matrimonio se celebrase con el rito católico y ante un sacerdote católico

Esto se tomaba tan en serio, que la Iglesia castigaba con la pena de excomunión a sus miembros indignos que deliberadamente se casaban ante un pastor sin pedir autorización y dispensa del rito, porque ello equivalía implícitamente a un abandono de la fe. Pero, desgraciadamente, ese desvelo y vigilancia prácticamente desaparecieron después de que el espejismo del ecumenismo se infiltrara en los ambientes católicos.

Matrimonio cristiano: camino para la santificación

Conviene, por tanto, recordar que la misión de la Iglesia permanece intacta: conducir a las almas a la salvación, preservando la integridad de la fe. La severa disciplina matrimonial debe ser entendida a la luz de esa finalidad superior. Cuando la Iglesia advierte contra los peligros de los matrimonios mixtos, no lo hace por hostilidad o exclusivismo, sino por fidelidad a su responsabilidad espiritual. Ella no puede dejar de afirmar que la verdad religiosa tiene consecuencias prácticas que no pueden ser ignoradas.

En el caso concreto presentado, la dificultad no es únicamente jurídica o social, sino profundamente espiritual. El hecho de que la joven evangélica no pueda —o no quiera— abrazar la fe católica antes del matrimonio revela una divergencia que toca el núcleo mismo de la vida conyugal. El amor humano, por más sincero que sea, no elimina automáticamente esas diferencias. Ignorarlas en nombre de un ideal romántico puede preparar conflictos futuros, especialmente cuando surjan decisiones relativas a la educación de los hijos o a la práctica religiosa en el hogar.

Esto no significa que tales matrimonios estén necesariamente condenados al fracaso, ni que sea imposible una convivencia respetuosa. Pero el riesgo de concesiones graduales —muchas veces imperceptibles— es real. La historia personal de muchos fieles muestra que la pérdida de la práctica religiosa rara vez ocurre de manera brusca; suele ser fruto de pequeñas acomodaciones repetidas a lo largo del tiempo. Ahora bien, el matrimonio cristiano no es solamente unión de afectos, sino camino de santificación.

Siempre que la unidad de fe se vea comprometida, ese camino se vuelve más arduo. La disciplina eclesial, con sus autorizaciones y restricciones, procura precisamente evitar que los fieles entren inadvertidamente en situaciones que puedan debilitar su vida espiritual y poner en riesgo su salvación y la de sus hijos.

La Virginidad de María Retablo de María Auxiliadora
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Palabras del Director Nº 293 – Mayo de 2026 “Solo el ateísmo comunista ha sido capaz de blasfemar contra la Madre de Dios” La Virginidad de María ¿Puedo o no puedo casarme con una joven evangélica? Antes de eso, ¿ella tendría que convertirse al catolicismo? Retablo de María Auxiliadora



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