|
Gran reformador, notable por su santidad, mansedumbre “Si deseáis el bienestar de vuestra ciudad, Plinio María Solimeo
Hemos expuesto en esta sección la vida de algunos santos del período medieval. Trataremos ahora de otros de esa misma época, oriundos de la ciudad de Gubbio, en Italia, casi todos contemporáneos y pertenecientes a la nobleza italiana. Entre ellos, san Ubaldo, cuya vida celebramos el día 19 de este mes. Muchos podrían preguntarnos por qué insistimos en señalar el hecho de que ciertos santos pertenecían a la nobleza, sobre todo en la Edad Media. Nos mueve a ello el principio ignaciano del agere contra, es decir, obrar contra la tendencia de nuestra época, que consiste en exaltar a los plebeyos con menosprecio de los nobles. Además, deseamos subrayar el espíritu de fe que predominaba en aquella época en que “la virtud del Evangelio gobernaba los Estados” (Papa León XIII), de modo que tantos jóvenes de la más alta nobleza abrazaban la vida religiosa. Pues la riqueza y la noble ascendencia, cuando se emplean rectamente, no son impedimento, sino estímulo para la práctica de la virtud. * * * Ubaldo nació hacia el año 1084 en Gubbio, una de las ciudades-estado más poderosas de la Umbría medieval. Era hijo de Rovaldo Baldassini y pertenecía a una familia noble originaria de Alemania. Bautizado en la iglesia de San Juan, recibió el nombre de su tío, obispo de Gubbio. Ubaldo proviene del alemán y significa “espíritu audaz”, lo que describe con acierto muchos de los actos de su vida. Tuvo una hermana llamada Esperanza, que más tarde fue abadesa de un monasterio camaldulense en Cingoli. Huérfano de padre y madre desde muy joven, fue educado en la catedral de Gubbio por su tío. Más tarde estudió con los canónigos del monasterio de San Segundo, en su ciudad. Después pasó a la iglesia de San Mariano, donde, lamentablemente, no se sintió a gusto, debido a la corrupción de muchos miembros del clero local, que vivían en concubinato. Reforma de los canónigos de la catedral de Gubbio Ordenado sacerdote en 1114, su tío lo nombró canónigo y luego prior de la catedral de Gubbio, para que se empeñara en reformar diversos abusos en la conducta de los canónigos, muchos de los cuales llevaban una vida indecorosa. Ubaldo supo entonces que el futuro beato Pedro de Honestis había establecido algunos años antes una comunidad de canónigos regulares en el monasterio de Santa María, en Portofuori, Rávena, dándoles unos estatutos que habían sido aprobados por el Papa Pascual II. Este beato fue también fundador de las Pías Uniones de los Hijos y de las Hijas de María. San Ubaldo permaneció tres meses con él para aprender los detalles y la práctica de sus reglas, deseando introducirlas entre sus propios canónigos de Gubbio. Lo que efectivamente hizo al regresar a su ciudad. La tarea ambicionada no fue sencilla. El santo tuvo que recurrir a la habilidad, a la persuasión y al poder de su personalidad. Primero convenció a tres de los canónigos más generosos para que se unieran a él en la aceptación de una regla de vida semejante a la de las órdenes religiosas. El plan funcionó bien, de modo que, poco a poco, influenciados por el buen ejemplo, los demás canónigos adoptaron la misma regla y todo el cabildo comenzó a dar un testimonio de entrega y dedicación más edificante. Ubaldo volvió entonces a San Segundo. En aquella colegiata se encontró con el futuro san Juan de Lodi, quien había sido durante cuarenta años monje en Fonte Avellana y obispo de Gubbio por apenas un año, el último de su vida.
Tentación de abrazar la vida eremítica El santo había regresado a su catedral cuando, hacia 1125, un pavoroso incendio destruyó muchas casas en Gubbio y la propia catedral, obligando a sus canónigos a dispersarse por otras iglesias. Desalentado, Ubaldo pensó entonces en hacerse eremita. Con este propósito se dirigió al monasterio de Fonte Avellana, donde comunicó al superior, Pedro de Rímini, su proyecto de abandonar el mundo. Pedro se opuso, advirtiéndole que se trataba de una tentación peligrosa, y lo exhortó a retornar a su antigua vocación, en la cual Dios lo había establecido para el bien de los demás. El santo volvió entonces a Gubbio para trabajar en la reconstrucción de la catedral. Obispo a contragusto Fue entonces cuando la fama y las virtudes de Ubaldo se difundieron más allá de su ciudad. Ello llevó a los habitantes de Perugia a aclamarlo obispo en 1126. Sin embargo, no queriendo aceptar por humildad tal honor, se dirigió al Papa Honorio II (1124-1130), de quien obtuvo dispensa de esa función. Pero tres años después, el Pontífice lo obligó a aceptar el episcopado de Gubbio. Como obispo, Ubaldo tuvo que afrontar numerosos problemas. Además de los canónigos casados de San Mariano, había amargas divisiones entre las familias principales que debía enfrentar, junto con conflictos con el clero y actos de indisciplina. Las oposiciones al obispo no se limitaron a ofensas personales, sino que llegaron incluso a agresiones físicas. A todo ello respondía con inalterable mansedumbre, nunca con miedo ni con ira. Y cuando surgían disputas armadas en la ciudad, estaba dispuesto a arriesgar su propia vida para detenerlas. Sin temor ante los adversarios de su ciudad Como prelado, Ubaldo se distinguió por su gran paciencia y por la frugalidad de su vida. A diferencia de otros obispos de la época, evitaba los excesos de pompa ceremonial, el lujo en los viajes, las vestiduras ricas y los anillos. Tampoco abusaba de su cargo para favorecer a su familia. No obstante, cuando era necesario, sabía emplear toda su energía para defender a sus diocesanos. Así, cuando una coalición de once ciudades rivales cercó Gubbio, él mismo lideró victoriosamente su defensa. Y cuando, en 1155, el emperador Federico Barbarroja, que ya había arrasado Espoleto, avanzó amenazadoramente hacia Gubbio, el intrépido obispo fue a hablar con él y lo convenció de perdonar a su ciudad.
Los habitantes de Gubbio, temiendo que algo terrible pudiera sucederle a Ubaldo, se llenaron de preocupación. Y cuando, después de haber salvado la ciudad de ser incendiada, regresó indemne, consideraron aquello como uno de sus primeros milagros. Para afrontar todas estas crisis, el obispo Ubaldo exhortaba a los ciudadanos a la oración, los hacía sentirse unidos y los tranquilizaba frente al pánico. Pero él mismo no estaba exento de peligros. Se cuenta que en cierta ocasión no dudó en lanzarse en medio de una riña furiosa, poniendo su vida en riesgo. El tumulto fue tal que sus diocesanos temieron por su vida al hallarlo caído en el suelo, aturdido. En otra ocasión, unos albañiles que reparaban los muros de la ciudad invadieron su jardín y pisotearon sus viñas. El obispo les llamó educadamente la atención sobre el problema, pero el capataz tomó la reprensión como algo personal, comenzó a gritar y gesticular, y finalmente le dio un fuerte empujón a Ubaldo. Perdiendo el equilibrio, el santo obispo cayó en un charco de argamasa húmeda. Al levantarse, estaba enteramente cubierto de arena y cal. Sin embargo, no dijo nada, simplemente volvió a su casa para limpiarse. Los testigos denunciaron de inmediato al capataz, que fue arrestado y llevado ante el tribunal de la ciudad. Al enterarse, el prelado corrió al tribunal y dijo al magistrado: “Este caso, al tratarse de un ataque contra un clérigo, corresponde a la jurisdicción de la Iglesia”. Entonces abrazó al capataz como signo de reconciliación y rezó para que Dios lo perdonara por sus ofensas, obteniendo así su libertad. Últimos y dolorosos años San Ubaldo gobernó la diócesis de Gubbio durante treinta y un años, en los cuales venció con alegría las adversidades y los obstáculos. Logró someter a sus enemigos con gentileza y apaciguar a sus adversarios con mansedumbre de espíritu. Al final de su vida fue acometido por una enfermedad inusual y repulsiva. Según análisis realizados en sus reliquias en 2017, se reveló que se trataba de penfigoide ampolloso, una enfermedad cutánea autoinmune que provoca grandes lesiones pruriginosas generalizadas en el cuerpo, cubriéndolo de pústulas dolorosas que exudan continuamente un líquido seroso, blanquecino y maloliente. En tal estado, el santo obispo celebró su última misa en la Pascua de 1160, para no dejar de ejercer hasta el final sus deberes episcopales. El domingo 15 de mayo pidió la extremaunción y falleció en la madrugada del 16 de mayo de 1160. Debido a la gran afluencia de fieles que acudían a venerar su cuerpo, el funeral se celebró apenas al cuarto día después de su muerte. Dejó todos sus bienes a los pobres, y se le atribuyeron profecías y milagros ya en vida. Entre ellos se cuentan la curación de una niña sordomuda y la de un ciego. Los habitantes de Gubbio lo eligieron como su patrono, pues el santo obispo se había convertido para ellos en modelo perfecto de todas las virtudes cristianas y en poderoso protector en todas las necesidades espirituales y temporales. Su vida fue escrita por Teobaldo, su sucesor inmediato en la sede episcopal de Gubbio. El cuerpo de san Ubaldo se hallaba incorrupto en el momento de su canonización por el Papa Celestino III en 1192. Fue trasladado a una pequeña iglesia en la cima del monte sobre su ciudad, donde pasó a ser objeto de veneración de numerosos peregrinos.
Hasta hoy el cuerpo de san Ubaldo permanece incorrupto, aunque la carne se encuentra oscura y momificada. Pero la incorruptibilidad no fue lo que motivó su canonización; fue declarado santo particularmente por su heroica mansedumbre. Ubaldo tenía muy presente la admonición de Nuestro Señor: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).* Una reliquia de san Ubaldo es venerada en la iglesia colegiata de San Teobaldo en Thann, en Alsacia. Dante Alighieri lo cita en su célebre Divina Comedia (“El Paraíso”, Canto XI, versos 43-48, trad. de Bartolomé Mitre):
“Entre el Tupín, y el río que desciende
* P. Robert F. McNamara, St. Ubald of Gubbio in https://saints-alive.siministries.org/saints-alive/saint/st-ubald-of-gubbio/. Otras obras consultadas: https://it.wikipedia.org/wiki/Ubaldo_Baldassini.
|
¡Ave Maria, gratia plena! |
|
Pastor alcanzado por un rayo Las gentes de la aldea estaban entregadas a sus labores cuando un rayo se ha precipitado sobre el árbol que cobijaba al pastor. En un instante sus ramas se han transformado en voraz tea encendida... |
|
San Edmundo Campion Edmundo nació en Londres el 24 de enero de 1540. Su padre, “un librero muy honesto”, lo educó piadosamente en la religión católica... |
|
El noble francés El noble francés rivaliza en arrojo con los más valientes hidalgos europeos... |
|
Santa Teresa de Lisieux Pionera de la “pequeña vía” Para un lector superficial de la Historia de un Alma, santa Teresita (1873-1897) fue una “santita” que vivió en un mar de rosas y apenas tuvo la desdicha de perder a su madre a los cuatro años de edad y de morir prematuramente. La iconografía romántica enfatiza esta idea presentándola como una monjita buena, sonrojada y risueña, sosteniendo un crucifijo y un mazo de rosas; una caricatura edulcorada, que más favorece a una piedad falsa y sentimental. Lo cual contrasta totalmente con las fotografías auténticas que de ella poseemos... |
|
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz El nacimiento del Niño Dios pone de manifiesto ante nuestros ojos el hecho de la Encarnación... |
Promovido por la Asociación Santo Tomás de Aquino