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La contrición es el dolor de haber ofendido a Dios y una detestación de los pecados cometidos con el firme propósito de no volver a cometerlos. La contrición incluye dos cosas esenciales: en cuanto a lo pasado, el arrepentimiento de los pecados cometidos; por lo que toca a lo futuro, el firme propósito de no volver a caer en ellos. La contrición es absolutamente necesaria para obtener el perdón. Por el pecado mortal, la voluntad del hombre se ha apartado de Dios para adherir a un bien creado. Para que Dios perdone esta ofensa es menester que la voluntad se convierta a Dios; deteste su pecado y se proponga no volver a cometerlo: este es el efecto de la contrición. Luego, sin contrición no hay perdón. Puede uno salvarse sin la confesión cuando esta es imposible; sin la satisfacción, cuando se muere antes de haber expiado los pecados; pero nunca sin contrición. Hay dos clases de contrición La contrición perfecta es el dolor de haber ofendido a Dios por ser quien es, por ser infinitamente bueno y porque el pecado le desagrada. Esta contrición está fundada en el amor de Dios. La contrición imperfecta o atrición es el dolor de haber ofendido a Dios por la vergüenza que lleva consigo el pecado o por temor a las penas con que Dios lo castiga. Esta contrición imperfecta se funda en la fealdad del pecado y en el temor al infierno. Tales motivos son imperfectos; porque, en último análisis, se fundan en el amor de uno mismo. La atrición basta para recibir el sacramento de la Penitencia. No justifica al pecador, pero le dispone a recibir el perdón de sus pecados, mediante la absolución del sacerdote. La atrición debe ir acompañada de la esperanza del perdón y de un principio de amor de Dios. Siempre debe el penitente excitarse a la contrición perfecta, porque es más meritoria y más grata a Dios. Cualidades de la contrición
La verdadera contrición incluye necesariamente el firme propósito, es decir, una sincera resolución y una voluntad decidida de no volver a pecar. Nadie puede arrepentirse de los pecados cometidos si no está dispuesto a no volver a cometerlos. La contrición es interna cuando está en el corazón, y no solamente en la imaginación o en los labios. Puesto que el corazón es el que ha pecado, él es el que debe arrepentirse. La contrición es sobrenatural cuando es excitada en nosotros por el Espíritu Santo y fundada sobre motivos de fe. El principio de la contrición es la gracia de Dios. La contrición es suprema cuando se siente más haber ofendido a Dios que todos los males que nos pudieran sobrevenir. El pecado es el mal supremo; es justo, pues, que se le deteste más que a los otros. La contrición es universal cuando el arrepentimiento se refiere a todos los pecados, al menos los mortales, que se han cometido. Los motivos que nos hacen detestar un pecado mortal deben llevarnos a detestarlos a todos: conservar afecto a uno de ellos es permanecer enemigo de Dios. ¿Qué hacer para tener la contrición? Hay que pedirla a Dios con oraciones fervorosas. Pensar en el cielo que nuestros pecados nos han hecho perder y en el infierno que nos han merecido. Considerar que nuestros pecados son la causa de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Pensar, finalmente, que con nuestros pecados hemos ultrajado a un Dios infinitamente bueno e infinitamente digno de nuestro amor. Señales de una verdadera contrición: mudar de vida; corregirse de sus faltas; evitar las ocasiones de ofender a Dios como se ha hecho anteriormente; trabajar en destruir los malos hábitos; poner los medios necesarios para vivir cristianamente. ¿Cuándo hay que hacer actos de contrición? Hay que hacerlos frecuentemente, pero de una manera especial: cuando nos vamos a confesar; cuando hemos tenido la desgracia de caer en pecado mortal; y, cuando estamos en peligro de muerte. Es sumamente útil hacer un acto de contrición todas las noches antes de acostarse, para estar prontos a comparecer ante Dios.
P. A. Hillaire, La Religión Demostrada, Difusión, Buenos Aires, 3ª ed., 1945, p. 554-55
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