Tema del mes El Santo Rosario

Arma eficaz en la lucha para la restauración
de la civilización cristiana

Alejandro Ezcurra Naón

La devoción del rosario como hoy lo rezamos tiene ya ochocientos años de antigüedad. Su difusión inicial se debe a santo Domingo de Guzmán (1170-1221), quien inculcó la piadosa costumbre de repetir frecuentemente a la Santísima Virgen el Ave María, meditando los misterios de la Vida, Pasión y Resurrección de Nuestro Señor.

Antecedentes: el “Salterio”

En la Iglesia existía la costumbre, desde los tiempos de los primeros solitarios del desierto —como san Pablo el Ermitaño, san Pacomio y otros—, de repetir cierto número de oraciones ayudándose con igual número de piedrecitas o cuentas. Esa forma de oración, llamada Salterio se propagó después a Europa, sobre todo difundida por religiosos irlandeses e ingleses desde el siglo VII. En el siglo XI, entre los monjes benedictinos de Cluny en Francia, los hermanos legos o conversos que no sabían leer los salmos rezaban en su lugar 150 Padrenuestros. Asimismo los caballeros templarios rezaban 100 Padrenuestros cuando no podían asistir al coro, o en sufragio de difuntos.

Había también un Salterio de la Virgen María, utilizado por personas sencillas que no sabían leer o no poseían libros, para reemplazar el rezo del salterio, es decir, los 150 salmos de David que los religiosos debían rezar cada semana.

Para poder llevar de una mejor manera la cuenta de las oraciones que se rezaban, se hacían nudos en una cuerda o se ensartaban en ella pequeñas pepitas y allí iban contando. En tumbas muy antiguas se han encontrado estas cuentas o sartas de piedrecitas o semillas. A muchos enfermos que morían rezando, sus familiares les dejaban en las manos aquel instrumento de sus oraciones con que se preparaban para transponer la eternidad.

¿Porqué el nombre “rosario”?

Santo Domingo y los albigenses, Pedro Berruguete, 1491-1499 –
Óleo sobre tabla, Museo del Prado, Madrid

En tiempos de santo Domingo se vivía un importante conflicto religioso, causado por la irrupción de sectas heréticas que se propagaron primero por Italia y después por el sur de Francia. Tras la herejía de los valdenses al fin del siglo XII, irrumpió la de los cátaros o albigenses (así llamados debido a que su bastión era la ciudad de Albi, al norte de Toulouse) a inicios del siglo XIII. Cátaro significa “puro” en griego, y los cátaros, también autodenominados “perfectos”, eran así llamados porque al principio presentaban un ideal de vida aparentemente apostólico y evangélico. Esto les dio cierta popularidad; pero no tardaron en dejar ver su extraña doctrina traída de Grecia, que era maniquea, es decir, afirmaba la existencia de dos dioses opuestos, uno del bien y otro del mal. El Dios “bueno” fue quien creó todo lo espiritual, mientras que el dios “malo” era el creador de todo lo material. En consecuencia, para ellos toda materia era mala, incluyendo el cuerpo humano. Por eso consideraban la reproducción humana un mal, e incluso decían que era preferible practicar la perversión homosexual a casarse. Muchos de ellos se entregaron a ese vicio nefando.

De esos errores concluían que Jesucristo, por haberse hecho hombre y tener un cuerpo, no podía ser bueno y por consiguiente no podía ser Dios; y que por tanto María no es la Madre de Dios. En consecuencia negaban también los Sacramentos (admitían uno solo, el “bautismo en el Espíritu” o consolamentum) y se rehusaban a reconocer al Papa.

Desde 1206 santo Domingo trabajó en medio de estos desventurados. Por su predicación, sus oraciones y sacrificios, logró convertir a algunos. Pero, muy a menudo, por temor a ser ridiculizados y a pasar trabajos, los convertidos reincidían en el error. Mientras tanto, en 1209 Domingo dio inicio a una orden religiosa para las mujeres jóvenes convertidas. Su convento se encontraba en Prouille (sur de Francia), junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen.

Nuestra Señora entrega el “arma” a Santo Domingo

Dos versiones de la forma como se propagó el rosario, divergentes cuanto al lugar pero convergentes cuanto al modo, han llegado hasta nosotros. Según una de ellas, fue en la capilla de Prouille donde santo Domingo le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía la relativa inutilidad de su apostolado. La Virgen se le apareció entonces sosteniendo en su mano un rosario y le enseñó a Domingo a recitarlo. Le encomendó que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.

La otra versión —la más probable, ya que fue revelada por la misma Virgen al beato Alano de la Roche (o de la Rupe), quien lo refiere en su libro Dignidad del Salterio, citado por san Luis Grignion de Montfort— sitúa esa aparición en un bosque, donde santo Domingo había pasado tres días y tres noches en oración y penitencia, hasta que en cierto momento se le mostró la Santísima Virgen acompañada de tres princesas del cielo y le dijo:

“¿Sabes tú, mi querido Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?

—Oh, Señora —respondió él—, vos lo sabéis mejor que yo, porque después de vuestro Hijo Jesucristo fuisteis el principal instrumento de nuestra salvación”.

O sea, afirmó que el “arma” era la misma Virgen.

Ella añadió: “Pues sabe que la pieza principal de la batería fue la salutación angélica [el Avemaría], que es el fundamento del Nuevo Testamento. Por tanto si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, reza mi salterio”.

Batalla de Muret, 13 de setiembre de 1213

La Virgen reveló: “Solo si la gente considera la vida, muerte y gloria de mi Hijo, unidas a la recitación del Avemaría, los enemigos podrán ser destruidos. Es el medio más poderoso para destruir la herejía, los vicios, motivar a la virtud, implorar la misericordia divina y alcanzar protección. Los fieles obtendrán muchas ganancias y encontrarán en mí a alguien siempre dispuesta y lista para ayudarles”.

Santo Domingo relató que veía a la Virgen sosteniendo en su mano un rosario y que le enseñó a recitarlo, estableciendo un orden de oraciones que permite meditar los principales misterios de la Vida, Pasión, Muerte y Gloria de su divino Hijo. Le encomendó que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.

El santo se levantó muy consolado y abrasado de celo por esas almas, entró en la catedral y en ese momento las campanas se pusieron a repicar solas (por intervención de ángeles) para reunir a los habitantes.

Sin embargo al comenzar su predicación se levantó una espantosa tormenta, la tierra tembló, el sol se nubló y los repetidos truenos y relámpagos hicieron estremecer y palidecer a los oyentes. Domingo se recogió en oración hasta que la tormenta cesó. Pudo entonces continuar su prédica y explicó con tanto fervor y entusiasmo la excelencia del Santo Rosario, que los moradores le abrazaron casi todos, renunciando a sus errores, viéndose en poco tiempo un gran cambio en la vida y costumbres de la ciudad.

En el siglo XIII, la primera gran victoria obtenida por el rosario

Simón de Montfort, el jefe del ejército cristiano que el rey Felipe Augusto había enviado a combatir la rebelión de los cátaros, y a la vez amigo de Domingo, hizo que este enseñara a las tropas a rezar el rosario. Lo rezaron con gran devoción antes de la decisiva batalla de Muret (12-09-1213), en la que los herejes comandados por el conde Ramón VI de Toulouse y su aliado el rey Pedro de Aragón fueron completamente aplastados, muriendo el monarca aragonés en el combate.

De Montfort consideró que su victoria había sido un verdadero milagro, obtenido por el rezo del rosario. Como signo de gratitud, hizo construir la primera capilla dedicada a Nuestra Señora del Rosario.

Decadencia y restauración de la devoción al rosario

Un creciente número de hombres se unió a la obra apostólica de Domingo y, con la aprobación papal fundó en 1215 la Orden de los Hermanos Predicadores (dominicos). Por su celo obtenían crecientes conversiones, y se extendieron como misioneros a diferentes países difundiendo por todas partes el rezo del rosario.

Durante casi dos siglos esta fue la devoción predilecta de la cristiandad. Pero al decaer la Edad Media también el rosario empezó a declinar. Hasta que en 1460 la Virgen se apareció a un místico dominico, el beato Alano de la Roche (1428-1478), a quien dio la misión de revivirla. Agregó que se necesitarían volúmenes inmensos para registrar todos los milagros logrados

Batalla de Lepanto, Andrea Vicentino, 1600 – Óleo sobre lienzo, Museo Correr, Venecia

por medio del Santo Rosario, y le reiteró las promesas que había hecho a santo Domingo al respecto.

Las 15 promesas de la Santísima Virgen a los que recen devotamente el Santo Rosario

Las promesas que la Virgen hizo al beato Alano son:

1. Quien rece constantemente mi rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.

2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi rosario.

3. El rosario es el escudo contra el infierno, destruye el vicio, libra de los pecados y abate las herejías.

4. El rosario hace germinar las virtudes para que las almas consigan la misericordia divina. Substituye en el corazón de los hombres el amor del mundo con el amor de Dios y los eleva a desear las cosas celestiales y eternas.

5. El alma que se me encomiende por el rosario no perecerá.

6. El que con devoción rece mi rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada, se convertirá si es pecador, perseverará en gracia si es justo y, en todo caso será admitido a la vida eterna.

7. Los verdaderos devotos de mi rosario no morirán sin los Sacramentos.

8. Todos los que rezan mi rosario tendrán en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y serán partícipes de los méritos de los bienaventurados.

9. Libraré muy pronto del Purgatorio a las almas devotas a mi rosario.

10. Los hijos de mi rosario gozarán en el cielo de una gloria singular.

11. Todo cuanto se pida por medio del rosario se alcanzará prontamente.

12. Socorreré en sus necesidades a los que propaguen mi rosario.

13. He solicitado a mi Hijo la gracia de que todos los cofrades y devotos tengan en vida y en muerte como hermanos a todos los bienaventurados de la corte celestial.

14. Los que rezan el rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.

15. La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación de gloria.

Siglo XVI: La Virgen del Rosario, Auxilio de los Cristianos

Desde el siglo XV Europa —y con ella toda la cristiandad— estaba en grave peligro por la amenaza militar del Islam. Los musulmanes se proponían hacer desaparecer a punta de espada el cristianismo. Ya habían tomado Tierra Santa, Constantinopla, Grecia, Albania, África del Norte y Chipre. En esas extensas regiones el cristianismo era perseguido, y muchos mártires derramaron su sangre, muchas diócesis desaparecieron completamente. Solo España y Portugal habían logrado librarse del dominio musulmán después de 700 años de lucha por la Reconquista. Pero ahora la amenaza venía desde el Oriente.

La Batalla de Varna, Stanis?aw Chlebowski, 1865-1875 – Óleo sobre lienzo,
Museo de Pera, Estambul (Turquía)

La Batalla de Lepanto

En tiempos del Santo Padre Pío V (1566-1572), los musulmanes controlaban el mar Mediterráneo y preparaban la invasión naval a Europa. Con la difusión del protestantismo los monarcas cristianos estaban divididos y parecían no darse cuenta del peligro inminente. El Papa pidió ayuda a las potencias católicas, pero solo fue atendido en parte, hasta que el peligro se hizo real e inminente, con la caída de Chipre, y finalmente logró armar una flota combinada de solo cuatro naciones, para enfrentar el asalto marítimo que los turcos preparaban. El 17 de setiembre de 1569 pidió que se rezase el Santo Rosario.

Dos años después, el 7 de octubre de 1571 ocurrió el choque entre las flotas cristiana y otomana en el golfo de Corinto, cerca de la ciudad griega de Lepanto. La escuadra cristiana, compuesta de soldados de los Estados Papales, de Venecia, Génova y España y comandada por don Juan de Austria entró en batalla contra un enemigo muy superior en número y buques de guerra. Se jugaba el destino de la cristiandad europea. Antes del ataque, las tropas cristianas rezaron el Santo Rosario con mucha unción. Iniciada la batalla, duró todo el día hasta cerca del fin de la tarde y culminó con una retumbante victoria católica.

Precisamente esa tarde, en Roma, el Papa paseaba por un corredor del Palacio Vaticano en compañía de su tesorero, Donato Cecis, tratando de graves problemas financieros de la Santa Sede. “De repente —narra William T. Walsh— se separó de su interlocutor, abrió una ventana y quedó suspenso, contemplando el cielo. Volviose después a su tesorero y, con aspecto radiante, le dijo: «Id con Dios. No es esta hora de negocios, sino de dar gracias a Jesucristo, pues nuestra escuadra acaba de vencer». Y apresuradamente se dirigió a su capilla, a postrarse en acción de gracias. Cuando salió, todo el mundo pudo notar su paso juvenil y su aire alegre”.¹

Recién dos semanas más tarde, el 21 de octubre, llegó finalmente el parte de victoria de don Juan de Austria, quien desde un principio atribuyó el triunfo cristiano a la poderosa intercesión de la Santísima Virgen. Agradecido a la Madre de Dios, san Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias y agregó a las Letanías Lauretanas el título de Auxilio de los Cristianos. Posteriormente el Papa Gregorio III cambió el nombre de la fiesta por la de Nuestra Señora del Rosario.

Siglo XVII: El rosario salva a Viena

Procesión por la paz en Viena

Los turcos, quebrado su poderío marítimo seguían sin embargo siendo poderosos en tierra y, en el siglo siguiente, invadieron a Europa desde el Este. Después de tomar enormes territorios sitiaron a Viena, capital del Sacro Imperio, durante más de dos meses. Una vez más, las tropas infieles (200 mil hombres) eran muy superiores a las católicas (65 mil). Si conquistaban la capital austriaca, el resto de Europa caería rendida. El emperador Leopoldo I, retirado a Linz para organizar la defensa, convocó al duque Carlos de Lorena, al rey de Polonia Juan III Sobieski y depositó su confianza en Nuestra Señora del Rosario.

El 12 de setiembre de 1683 se dio la gran batalla. Los católicos, comandados por Sobieski, y arengados por el venerable Marcos de Aviano, enviado del beato Inocencio XI, después de oír misa y encomendarse a Dios derrotaron completamente a los turcos muy superiores en número, que tuvieron 20 mil muertos en el campo de batalla. Se instituyó ese día la fiesta del Dulce Nombre de María.

Siglo XVIII: La batalla de Temesvar

Posteriormente los turcos sufrieron otras dos derrotas decisivas: primero en la batalla de Zenta (Hungría), el 11 de setiembre de 1697, que liberó definitivamente a Hungría del dominio otomano; y veinte años después a manos del famoso príncipe Eugenio de Saboya, comandante de los ejércitos del Sacro Imperio, en Temesvar (actual Rumania), el 5 de agosto de 1716, que en aquel entonces era la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves. Bajo el comando del príncipe Eugenio, nuevamente el ejército cristiano logró aplastar a un ejército turco dos veces mayor. El Papa Clemente XI atribuyó esta victoria a la devoción manifestada a Nuestra Señora del Rosario. Y en acción de gracias, mandó que desde entonces la fiesta del Santo Rosario fuese celebrada por toda la Iglesia universal.

Siglo XIX: “Yo soy la Inmaculada Concepción”

En América es conocida la gesta de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, que fue salvada de los invasores ingleses de 1806 y 1807 por especial intervención de Nuestra Señora del Rosario, como consta en los partes de victoria escritos por Santiago de Liniers y otras autoridades religiosas y civiles.

En 1858, en sus célebres dieciocho apariciones en Lourdes, la Santísima Virgen, que se presentó a santa Bernardita Soubirous como la Inmaculada Concepción, aparecía siempre con un rosario en sus manos, como para indicar visiblemente al mundo entero la importancia de esa devoción.

El Papa León XIII (1878-1903) escribió nada menos que doce encíclicas referentes al rosario. Insistió en el rezo del rosario en familia, consagró el mes de octubre al rosario e insertó el título de Reina del Santísimo Rosario en las Letanías Lauretanas. Por todo esto mereció el título de El Papa del Rosario.

Vista general de Hiroshima, Japón, desde las proximidades del “punto cero”, que muestra la devastación total
como resultado del bombardeo atómico; foto tomada varios meses después del bombardeo atómico.

Siglo XX: Impresionantes confirmaciones de las promesas

Tocaría al siglo XX —justamente el más apartado de la fe en los tiempos modernos— testimoniar el valor del rosario como arma de defensa de la cristiandad, de una manera prodigiosa.

En 1917, cuando la Santísima Virgen apareció a los pastorcitos de Fátima, se mostró, tal como lo había hecho en Lourdes, llevando un rosario. Y en su aparición del 13 de octubre de ese año Ella misma reveló a los niños su identidad: “Soy la Virgen del Rosario”.

Es decir, la aparición mariana más importante de la historia, ¡fue bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario! Y Ella no solamente recomendó a los niños en cada aparición “rezad diariamente el rosario”, sino que además indicó que la devoción de los cinco primeros sábados rezando el rosario meditado, sería el arma providencial para evitar la propagación de los “errores de Rusia”, el comunismo, etc.

Austria salvada del comunismo

En Fátima, la Virgen Santísima prometió:
¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!

A pesar de que la humanidad en su conjunto no obedeció esas recomendaciones de la Santísima Virgen, la eficacia de esa “arma” sobrenatural se reveló en una pequeña nación, Austria. Al concluir la Segunda Guerra Mundial, una parte considerable del territorio austríaco quedó bajo el control de las tropas soviéticas de ocupación. Fue entonces que en 1946, un piadoso sacerdote franciscano, el padre Petrus Pavlicek, en el santuario mariano de Mariazell fue inspirado a implementar la devoción que la Virgen había pedido en Fátima, recibiendo la promesa interior de que por ese medio el país tendría paz. Al año siguiente fundó la Cruzada Reparadora del Santo Rosario, con el fin de que las 24 horas del día el rosario fuese rezado para obtener la retirada del ejército comunista.

Rápidamente la cadena fue creciendo, y hacia 1955 cerca de 500 mil austríacos rezaban diariamente, turnándose las 24 horas del día, el rosario en esa intención (el país tenía entonces cerca de 5 millones de habitantes, es decir que aproximadamente uno de cada cuatro a cinco adultos había adherido a esa cadena). Mientras tanto el padre Pavlicek había establecido en varias ciudades procesiones de Nuestra Señora de Fátima todos los días 13 de cada mes, y una gran procesión anual en Viena el 12 de setiembre, fiesta del Nombre de María, a la cual asistían incluso las más altas autoridades austríacas.

¿Y cuál fue el resultado?

Inesperadamente, en abril de 1955 los rusos anunciaron que se retirarían de Austria. El 15 de mayo —el mes de la Virgen— firmaron un tratado con los aliados garantizando la independencia definitiva del país. Y en octubre —el mes del rosario, y de la última aparición de Fátima— abandonaron definitivamente el territorio austríaco. Hasta hoy no se conoce el motivo concreto de esta decisión soviética. El primer ministro Julius Raab reconoció la intervención sobrenatural, en estas palabras finales del discurso pronunciado en la ocasión: “Hoy queremos nosotros, que tenemos el corazón lleno de fe, enviar al Cielo una oración alegre, y esa oración la cerramos con estas palabras: ¡Somos libres! ¡María, os lo agradecemos!”.

Lo que naturalmente hablando era imposible, había ocurrido.

1945: Un milagro portentoso e inexplicable

Al fin de la Segunda Guerra Mundial dos ciudades japonesas fueron destruidas por bombas atómicas: Hiroshima y Nagasaki. En ambas se dio el mismo prodigio inexplicable.

El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 a.m., un bombardero norteamericano lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima, a menos de un kilómetro de distancia de la iglesia Nuestra Señora de la Asunción, de los padres jesuitas. En un radio de 1.5 km de la detonación murieron 80.000 personas y, en los siguientes 15 años, otras 150.000 por los efectos de la radiación. La iglesia de los jesuitas quedó totalmente destruida, pero la residencia, que estaba al costado, a solamente ocho cuadras (aprox. 1 km) del epicentro de la bomba, quedó en pie, aunque con graves daños. Allí vivían ocho misioneros jesuitas, entre ellos cuatro alemanes, los padres Las­salle, Kleinsorge, Cieslik y Schiffer. Todos ellos sobrevivieron. No sufrieron efectos posteriores por la radiación, ni pérdida del oído, ni ninguna otra enfermedad o efecto nocivo. Lo más asombroso fue que no tenían rastros de radiactividad. El padre Hubert Schiffer fue examinado e interrogado por médicos japoneses y extranjeros, y no podían explicarlo humanamente. Él tenía 30 años cuando ocurrió la explosión atómica y vivió 33 años más en buena salud. Durante el Congreso Eucarístico de Filadelfia de 1976 narró sus experiencias en Hiroshima. Relató que fue examinado e interrogado por más de 200 científicos que fueron incapaces de explicar como él y sus compañeros habían sobrevivido a una radiación y temperaturas de 9000°C. Él lo atribuyó simplemente a la protección de la Virgen María y dijo: “Yo estaba en medio de la explosión atómica… y estoy aquí todavía, vivo y a salvo. No fui derribado por su destrucción”.

Agregó que durante varios años, cientos de expertos e investigadores estudiaron las razones científicas de por qué la casa, tan cerca de la explosión atómica, no fue afectada. Para él había una sola explicación: “rezábamos el rosario diariamente en esa casa”, en cumplimiento de los pedidos de la Virgen de Fátima.

Una lección para los días actuales

¿Qué podemos deducir de todos estos hechos, registrados por la historia a lo largo de ocho siglos?

En nuestros días, la cristiandad vuelve a estar amenazada. Se diría que todos los peligros del pasado conjugados —la agresión musulmana, la decadencia en la fe, la penetración de costumbres e ideas neopaganas, demoledoras de la familia y la sociedad— se acumulan sobre nuestras cabezas. Nuevamente lo que resta de civilización cristiana parece en peligro de extinguirse. Pero hoy como ayer, ahí está, para hacer frente a ese impresionante conjunto de amenazas, el remedio que la misma Virgen Santísima puso a nuestro alcance: tan simple, tan sencillo, tan eficaz: el rezo del Santo Rosario.

Nuestra finalidad, como seglares católicos que somos, solo puede una: restaurar todas las cosas en Cristo — Omnia

Los videntes de Fátima, el 13 de setiembre de 1917

instaurare in Christo (Ef 1, 10). Desde los tiempos apostólicos esta ha sido, es y será la meta temporal perenne de la Iglesia, ratificada de manera inequívoca por san Pío X. Pero lo es más aún en nuestros días, en que la única alternativa viable al caos que nos invade es caminar resueltamente hacia la restauración de la civilización cristiana.

Nosotros no nos hemos reunido aquí para evocar con nostalgia un pasado que se fue, para lamentarnos de que todo esté cada vez peor y que la misma Iglesia esté siendo perseguida por la civilización atea que se levanta en las naciones otrora católicas; no estamos para meternos en catacumbas. Estamos aquí para luchar por una restauración plena de la civilización cristiana, en las nuevas condiciones inherentes a nuestra época. Y tenemos certeza de que lo lograremos, porque sabemos que Dios lo quiere y que la misma Virgen Santísima en persona lo prometió reiteradamente, en la Rue du Bac, en La Salette, en Lourdes, en Fátima…

¿Y cuál es nuestra arma? El rosario. Con el rosario en manos, los hombres de fe no podemos dudar de que caminamos hacia una nueva civilización cristiana, ideal temporal de la Iglesia, ni temer los obstáculos que se oponen a su realización, ¡ni siquiera a la bomba atómica!

Con el rosario en manos, podemos confiar en que llegaremos al Reino de María prometido en Fátima. Desde que sepamos complementar esa oración con la acción, es decir con un apostolado serio, inteligente y valeroso.2  

 

Notas.-

1. William Thomas Walsh, Felipe II, Espasa-Calpe S.A., Madrid, 1949, p. 576.
2. Ponencia en las III Jornadas Iberoamericanas por una Civilización Cristiana que se desarrollaron en Salta, Argentina, el 24 de agosto de 2007.

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