Entre las más intensas reminiscencias de la infancia, guardo aquellas plácidas tardes de octubre en que —después de salir del colegio— acompañaba a mi madre a la Iglesia de las Nazarenas, en el Centro de Lima, para que rezara la Novena al Señor de los Milagros. Aquel ambiente, aquella solemnidad, aquel fervor, inspiraba en mi alma algo grandioso que aún no podía comprender. Más tarde, siguiendo la procesión desde un balcón en el Jirón de la Unión y acompañando por La Colmena al Señor Morado junto con mi familia, fui dando mis primeros pasos en esta devoción. Recuerdo con nostalgia el mar humano vestido rígidamente de morado, las delicadas mantillas de las mujeres y los gruesos cordones blancos de los hombres, las zahumadoras con el incienso, la música y los cantos. A lo lejos el viento me traía las voces de melodiosos pregoneros, ofreciendo dulces y potajes que me estaba expresamente prohibido comer. Sin embargo, sabía que en compensación no faltaría en la mesa el centenario Turrón de Doña Pepa. Hay tradiciones que lamentablemente se van perdiendo, mientras que otras persisten con impresionante vitalidad. Aunque el origen de esta devoción al Santo Cristo de Pachacamilla es bastante conocido entre el público peruano, su historia está cargada de ricos pormenores cuyo conocimiento no debemos soslayar y las jóvenes generaciones deben saborear. En esta sucinta narración encontraremos manifiesto el deseo expresado por el Divino Redentor para que se le rinda en esta tierra un culto esplendoroso, que se opone a las corrientes miserabilistas que pretenden reducir la religiosidad a su mínima y paupérrima expresión. En Jesús y María, El Director
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Tradición de fe, temblores y maravillas: El Señor de los Milagros |
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