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Christus vincit, regnat, imperat: ab omni malo plebem suam defendat—“Jesucristo vence, reina, impera; Él libre a su pueblo de todo mal”. El Papa Sixto V hizo grabar estas palabras en el obelisco que se levanta en medio de la plaza de San Pedro en Roma. Estas magníficas palabras se hallan en presente, y no en pretérito, para indicarnos que el triunfo de Jesucristo es siempre actual, y que este triunfo se obtiene por la Eucaristía y en la Eucaristía. Cristo vence Jesucristo ha combatido, y ha quedado dueño del campo de batalla; en él tremola su estandarte y en él ha fijado su residencia: la Hostia santa, el tabernáculo eucarístico. Ha vencido la falsa sabiduría de los que se tenían por sabios y, ante la Eucaristía que se levanta sobre el mundo difundiendo sus rayos por todo él, huyen las tinieblas como las sombras de la noche al aproximarse la salida del sol. Los ídolos rodaron por el suelo y fueron abolidos sus sacrificios: Jesucristo en la Eucaristía es un conquistador que nunca se detiene, marchando siempre adelante: se ha propuesto someter el mundo a su dulce imperio. Jesucristo reina Jesús no reina sobre los territorios, sino sobre las almas: reina por la Eucaristía. El dominio efectivo de un rey consistirá en que sus súbditos guarden sus leyes y le profesen un amor verdadero. La ley de Jesucristo es una, santa, universal, eterna: nada en ella se cambiará, ni nada debilitará su fuerza: la observa el mismo Jesucristo, su divino autor, y Él es quien la graba en nuestro corazón por medio de su amor. El mismo legislador es el que se encarga de promulgar su divina ley en cada una de nuestras almas. Es una ley de amor. ¿Cuántos reyes reinan por amor? Apenas hay otro rey que Jesucristo cuyo yugo no se imponga por la fuerza: su reinado es la dulzura misma y sus verdaderos súbditos se someten a Él en vida y en muerte, y mueren, si es preciso, antes que serle infieles. Cristo impera No hay rey que mande en todo el mundo. Cualquiera que este sea, tendrá en los otros reyes iguales a él. Pero Dios Padre dijo a Jesucristo: “Te daré en herencia todas las naciones” (Sal 2, 8). Y Jesús, al enviar por el mundo a sus lugartenientes, les dijo: “Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra: id y enseñad y mandad a todas las naciones” (Mt 28, 18). Del cenáculo salieron sus órdenes, y el tabernáculo eucarístico, que es una prolongación y una multiplicación del cenáculo, es el cuartel general del Rey de los reyes. Aquí reciben sus órdenes todos los que defienden la buena causa. Ante Jesús Eucaristía todos son súbditos, todos obedecen; desde el Papa, vicario de Jesucristo, hasta el último fiel. Jesucristo manda. Que Jesucristo nos defienda de todo mal La Eucaristía es el divino pararrayos que aparta de nuestras cabezas los rayos de la justicia divina. Sin la Eucaristía, sin ese calvario perpetuo, ¡cuántas veces la cólera divina habría estallado contra nosotros! ¡Y cuán desgraciados son los pueblos que se han quedado sin la Eucaristía! ¡Qué tinieblas y qué anarquía reina en los espíritus, qué frialdad en los corazones! Sólo triunfa Satanás. A nosotros la Eucaristía nos libra de todos los males.
San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas, Ediciones “Eucaristía”, Padres Sacramentinos, Madrid, 1963, p. 143-146
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Jesús Escondido Institución de la Eucaristía |
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