Ved, hermanos, cómo, en beneficio de la salud temporal, se suplica al médico; cómo, si alguien enferma hasta perder la esperanza de continuar en vida… ¿acaso se avergüenza, acaso siente reparos en arrojarse a los pies de un médico muy cualificado y lavar con lágrimas sus huellas? Y si el médico le dice: “A no ser que te ate, te queme, te saje, no podrás curar”, ¿qué responderá? “Haz lo que quieras, con tal que me cures”. ¡Con qué ardor desea una salud efímera, de unos pocos días! Por ella acepta ser atado, sajado, cauterizado, custodiado para que no coma lo que le agrada, no beba lo que le apetece, ni siquiera cuando le apetece. Lo sufre todo para morir más tarde, ¡y no quiere sufrir un poco para nunca morir! Si te dijera Dios, que es el médico celeste por encima de nosotros: “¿Quieres sanar?”, ¿qué le dirías tú sino: “Quiero”? Quizá no lo dices porque te crees sano, siendo esta tu peor enfermedad. Imagínate ahora dos enfermos: uno que, con lágrimas, suplica a un médico y otro que, en su enfermedad, perdida la mente, se mofa de él. El médico, a la vez que da esperanza a quien llora, llora por el que se mofa de él. ¿Por qué? Porque su enfermedad es tanto más peligrosa cuanto que se considera sano.
San Agustín de Hipona, Sermón 80, El poder de la oración (Mt 17, 18-20), in https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi.htm.
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