Nunca se habló tanto de paz como en nuestra época. ¡Sin embargo, nunca hubo tanta violencia! La guerra en Siria no tiene cuando acabar y ahora se complica con la invasión turca del norte del país. ¿Y qué relación tiene esto con el ataque iraní contra las instalaciones petrolíferas saudíes a comienzos de setiembre? Las multitudinarias protestas en Hong Kong contra el proyecto de ley de extradición a la China de Mao llevan más de 100 días y se hicieron violentas. Los católicos en la China comunista, mientras tanto, sufren la mayor persecución de la historia reciente. En cuanto a Rusia: ¿qué hará finalmente Putin, el enigmático autócrata, con las armas atómicas que tiene almacenadas? Los atentados terroristas en Europa perpetrados por fanáticos musulmanes anticatólicos, primos de los que ingresan a torrentes como inmigrantes, se suceden periódicamente y las medidas tomadas para evitarlo resultan poco eficaces. Más cerca de nosotros, en Ecuador, las protestas y agitaciones indígenas que tuvieron lugar el mes de octubre en Quito contra el alza de la gasolina, se han caracterizado por una violencia jamás vista. En Colombia, después de tantas peligrosas concesiones, sectores guerrilleros de las FARC anuncian que vuelven a sus criminales andanzas. En Venezuela, el régimen bolivariano con sus secuelas de represión y de miseria se va perpetuando en el poder. En el Perú, la pugna entre poderes ha llegado a su clímax con el decreto de disolución del Congreso emitido por el Ejecutivo, que ha dilatado la crisis política y ha polarizado al país. En toda América Latina —como en muchas otras partes del mundo— la criminalidad aumenta de manera aterradora. Los asaltos y asesinatos están a la orden del día. A ciertas horas la población tiene miedo hasta de salir a las calles. Pero la ausencia de paz también se nota de modo alarmante en la esfera privada. Se están volviendo cada vez más frecuentes los casos de suicidio. Abundan las noticias de hijos que asesinan a sus padres, hasta por los motivos más triviales. De madres sin entrañas que matan a sus propios hijos antes de que nazcan, por medio del aborto, cada vez más impune. En algunos países se están poniendo de moda “máquinas de la muerte” para la práctica de la eutanasia. Ellas son accionadas por computadora por la propia víctima, quien se aplica a sí misma una inyección letal.
Para contener la violencia, de nada sirve limitarse a hablar de paz, decir que esta es necesaria, etc. En ese sentido —como en muchos otros— la acción de las organizaciones de derechos humanos, de la ONU, de las ONGs y de cuántas otras, se ha revelado totalmente ineficaz. Por otro lado, ¿cómo esperar que el caos y el desorden disminuyan, si la televisión, los videojuegos y el internet arrojan dentro de los hogares, a cualquier hora, envenenadas dosis de violencia e inmoralidad? Se impone, pues, una restauración moral de la sociedad. Sin la práctica de los Mandamientos de la Ley de Dios, no hay forma de violencia que no explote. Pero para ello sería necesario un empeño serio y decidido del clero católico, desde el simple sacerdote hasta los más altos escalones de la jerarquía eclesiástica, en el sentido de predicar el catecismo y la doctrina tradicional de la Iglesia. No obstante, después del Sínodo de la Amazonía, parece que esto será lo que más nos falte... De ahí que se pueda aplicar a nuestros días la lamentación del profeta Jeremías sobre aquellos líderes que “practican el engaño. Curan a la ligera el quebranto de mi pueblo, diciendo: ‘¡Paz, paz!’, pero no hay paz” (Jer 6, 13-14). Frente a este cuadro apocalíptico, ¿puede Nuestra Señora dejar de llorar?
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Un solo corazón y una sola alma Cuán dichosos son los esposos que pueden decir: “¡Nos hemos amado por nuestras ideas; no hemos visto sino a Dios, y nos hemos unido para servirle mejor!”. Tal es el amor cristiano... |
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