Página Mariana Nuestra Señora de la Esperanza

La primera misa en Brasil, Víctor Meirelles, 1859 – Óleo sobre lienzo, Museo Nacional de Bellas Artes, Rio de Janeiro

Un vínculo histórico con Brasil y una garantía divina de su glorioso futuro

Marcos Luis García

El rey D. Manuel I de Portugal dispuso la solemne celebración de la santa misa en el Monasterio de los Jerónimos de Lisboa, oficiada por el obispo de Ceuta, Diego de Ortiz de Vilhegas. Acto seguido, bendijo una bandera con el escudo de armas del reino, que entregó en manos de Pedro Álvares Cabral, caballero de la Orden de Cristo y comandante de la expedición con destino a las Indias, para que le acompañara durante la travesía. Fueron muchas las personas que asistieron a la misa y participaron del acontecimiento.

Terminado el acto litúrgico, se formó una majestuosa y larga procesión, que irradiando espléndidos coloridos de trajes y banderas dispuestas en orden jerárquico, se dirigió al lugar de embarque, próximo al monasterio, para la partida de la expedición. Una gran alegría dominaba el ambiente, pues estaba a punto de comenzar un nuevo “cristiano atrevimiento” para la mayor gloria de Dios y del reino portugués.

Cuando la pomposa comitiva llegó al muelle, Cabral besó reverentemente la mano de su señor, el rey, y se despidió de los demás miembros de la corte, parientes y amigos. Subió a bordo de la nave capitana y se puso al mando de la memorable flota, integrada por trece navíos y con un contingente total de mil quinientos hombres.

Inmediatamente, el noble caballero de 33 años de edad se dirigió a la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza que el rey le había entregado poco antes —a la que hizo patrona de la expedición y de la cual era muy devoto— para besar sus pies e implorar su protección y éxito en el viaje. Era el 9 de marzo de 1500. Con majestuosa lentitud, la imponente escuadra se alejó por la desembocadura del río Tajo, izó las velas con las cruces de la Orden de Cristo y se hizo a la mar.

Imagen presente en la primera misa celebrada en Brasil

Abundan en nuestros días investigadores e historiadores realmente capaces y con reconocidas dotes científicas que, sin embargo, no siempre consideran relevantes para la historia los aspectos de orden espiritual, como si tales hechos carecieran de realidad. Al contrario, para quienes consideramos la historia desde el punto de vista más elevado de la fe, tales aspectos son la flor y nata de la realidad.

Los descubrimientos fueron fruto de una gracia singularísima concedida por la Providencia —en este caso a Portugal—, especialmente para la expansión de la fe católica. Son abundantes las fuentes que mencionan el culto a la Virgen de la Esperanza, muy extendido en la época de los descubrimientos. En la ciudad natal de Pedro Álvares Cabral, Belmonte, se encuentra la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza. La misma que, el 22 de abril de 1500, estuvo en el altar donde se celebró la Primera Misa en Brasil.

Promesa a la Tierra de Vera Cruz

Comunistas, indigenistas, revolucionarios de las más variadas tendencias, pretenden atribuir a los descubrimientos un significado exclusivamente material. La avidez de riquezas, fundamentalmente el oro, sería lo que motivó a tantos navegantes a enfrentar inmensos riesgos. En esa narrativa, la codicia, tal vez exacerbada, respondería a la razón más profunda de las navegaciones. Por cierto, para los que no tienen fe, todo se explica por un mero interés material. Desconocen el verdadero paraíso que la fe católica comunica al alma de quienes la tienen. Por otra parte, los hechos antes descritos desmienten en gran medida este enfoque materialista.

Dejemos, por otro lado, que un testigo calificado de la época, Pero Vaz de Caminha, escribano de la armada, nos hable acerca de la impregnación del espíritu católico que animaba a los descubridores, en su célebre carta al rey D. Manuel de Portugal, fechada el 1 de mayo de 1500:

“En este día a hora de vísperas avistamos tierra primeramente de un gran monte muy alto y redondo y de otras sierras más bajas al sur y de tierra llana con grandes arboledas. […]

La Virgen de la Esperanza, Belmonte (Portugal)

“A tal monte alto el capitán le puso el nombre de Monte Pascoal, y a la tierra, Terra da Vera Cruz.

“El domingo de Pascua por la mañana, determinó el Capitán ir a oír misa y sermón en aquella isla. Y mandó a todos los capitanes que se acomodasen en los bateles y fuesen con él. […]

“Al salir del batel, dijo el Capitán que sería bueno irnos directamente a la cruz que estaba recostada a un árbol, junto al río, para ser colocada mañana, viernes, y que nos pusiésemos todos de rodillas y la besásemos para que ellos vieran la obediencia que le teníamos. Y así lo hicimos. Y a esos diez o doce que allá estaban, les hicieron señas de que hiciesen lo mismo; y después fueron todos a besarla. […]

“Y hoy que es viernes, primer día de mayo, por la mañana, salimos a tierra con nuestra bandera; y fuimos a desembarcar río arriba, en el sur, donde nos pareció que sería mejor arbolar la cruz, para que fuera mejor vista. Y allí marcó el Capitán el sitio donde habían de hacer el pozo para levantarla. Y mientras lo iban abriendo, él con todos nosotros otros fuimos a buscar la cruz, río abajo, donde ella estaba. Y con los religiosos y sacerdotes que cantaban, al frente, fuimos trayéndola desde allí, como en una procesión. Había ya ahí cantidad de ellos [los indígenas], unos setenta u ochenta; y cuando nos vieron llegar, algunos se fueron a meter debajo de ella, para ayudarnos. Pasamos el río, a lo largo de la playa; y fuimos a colocarla donde iba a quedar, que será a unos dos tiros de piedra del río. Andando allí en esto, vendrían unos ciento cincuenta, o más. Plantada la cruz, con las armas y la divisa de Vuestra Alteza, que primero la habían clavado, armó el altar al pie de ella. Allí dijo misa el padre fray Henrique, que fue cantada y oficiada por esos ya mencionados. Allí estuvieron con nosotros, cerca de cincuenta o sesenta de ellos, colocados todos de rodillas, así como nosotros. Y cuando se leyó el Evangelio, nos pusimos todos de pie, con las manos levantadas, ellos se levantaron con nosotros, y alzaron las manos, estando así hasta llegar al fin; y entonces volvieron a sentarse, como nosotros. Y cuando levantaron a Dios, que nos pusimos de rodillas, ellos se pusieron, así como nosotros estábamos, con las manos levantadas, y en tal manera sosegados que certifico a Vuestra Alteza que nos produjo mucha devoción.

“Estuvieron así con nosotros hasta acabada la comunión; y después de la comunión, comulgaron esos religiosos y sacerdotes; y el Capitán con algunos de nosotros. Y algunos de ellos, porque el sol estaba alto, se levantaron mientras estábamos comulgando, y otros estuvieron y se quedaron. Uno de ellos, hombre de cincuenta o cincuenta y cinco años, se mantuvo allí con quienes se quedaron. Ese, mientras así estábamos, juntaba a los que allí se habían quedado, y aun llamaba a otros. Y andando así entre ellos, hablándoles, les mostró con el dedo el altar, y después les mostró con el dedo hacia el cielo, como si les dijese algo de bueno; ¡y nosotros así lo tomamos!

“Acabada la misa, se sacó el padre la vestimenta de encima, y se quedó con la túnica blanca; y así se subió, junto al altar, a una silla; y allí nos predicó el Evangelio y los apóstoles, de quien es el día, tratando al final de la prédica de ese vuestro proseguimiento tan santo y virtuoso, que nos causó más devoción. Esos que estuvieron siempre en la prédica estaban, así como nosotros, mirándolo. Y aquel que digo, llamaba a algunos, para que viniesen allí. Algunos venían y otros se iban; y acabada la prédica, traía Nicolau Coelho muchas cruces de estaño con crucifijos, que le quedaron de la otra venida. Y quiso que cada uno se colocase una cruz al cuello. Por esa causa se puso el padre fray Henrique al pie de la cruz; y allí colocaba a todos —uno por uno— al cuello, atada con un hilo, haciéndola primero besar y levantar las manos. Venían a eso muchos; y las colocaban todas, que serían unas cuarenta o cincuenta. Y esto acabado —era ya bien una hora después del medio día— vinimos a las naves a comer, donde el Capitán trajo consigo a aquel mismo que les hizo a los otros aquel gesto hacia el altar y hacia el cielo, (y a un hermano con él). A aquel le hizo mucho honor y le dio una camisa morisca; y al otro otra camisa. […]

“El mejor fruto que de ella [la tierra] se puede sacar me parece que será salvar esta gente. Y esta debe ser la principal semilla que Vuestra Alteza en ella debe lanzar. Y que no hubiera más que tener Vuestra Alteza aquí esta posada para la navegación de Indias bastaba. Cuanto más, disposición para en ella cumplir y hacer lo que Vuestra Alteza tanto desea, a saber, ¡el crecimiento de nuestra fe!”.1

La esperanza de salvación de Brasil

A partir de este magnífico comienzo, Brasil se convirtió con el tiempo en el mayor país católico del mundo, habiendo realizado sus descubridores lo que Nuestro Señor les recomendó: “Id y predicad el Evangelio a todos los pueblos. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado” (Mc 16, 15-16).

Para inmensa tristeza nuestra, hoy se practica exactamente lo contrario, pues los indios están siendo llevados por una neomisionología progresista a perder la fe católica y retornar al paganismo.2

En este mes en que celebramos un nuevo aniversario del descubrimiento de Brasil, recordemos a la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza, que trajo la fe católica a sus playas. Y dirigiéndonos a Ella en súplica, pidámosle que libre al hermano país de la espantosa tempestad que le está despojando del precioso don de la fe y le haga retomar el camino que tan bien empezó en 1500.

Es un desafío para los brasileños que profesan la única fe verdadera. Con el alma marcada por una esperanza inquebrantable, deben iniciar la travesía para salir de esta inmensa crisis religiosa, cultural y material, convencidos de que ¡están en el camino de la victoria! 

Desembarco de Pedro Álvares Cabral en Porto Seguro en 1500, Oscar Pereira da Silva, 1922 – Óleo sobre lienzo, Museo Histórico Nacional, Rio de Janeiro

 

Notas.-

1. Apud Osvaldo Víctor Pereyra, Conflictos y resistencias: la construcción de la imagen del “otro”, selección de documentos fundamentales para la comprensión de la expansión atlántica, https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar, p. 133-152.
2. Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Tribalismo Indígena, ideal comuno-misionero para el Brasil del siglo XXI, 1977, São Paulo, Artpress.

La Revolución de la Sorbona: París, Mayo de 1968 ¿Por qué castiga Dios juntamente a los buenos y a los malos?
¿Por qué castiga Dios juntamente a los buenos y a los malos?
La Revolución de la Sorbona: París, Mayo de 1968



Tesoros de la Fe N°257 mayo 2023


París, Mayo de 1968 La Revolución de la Sorbona
Mayo de 2023 – Año XXII Arma poderosa para destruir las herejías modernas Mujer leyendo a la luz de unas velas El matrimonio monogámico La Revolución de la Sorbona: París, Mayo de 1968 Nuestra Señora de la Esperanza ¿Por qué castiga Dios juntamente a los buenos y a los malos? San Ignacio de Láconi Madonna della Strada



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