Jesucristo en su encarnación, en su Natividad y en toda su vida aceptó voluntariamente ser anonadado por otros. ¿Puede hacerse jamás mayor afrenta a un hombre que el ser desechado de sus mismos conciudadanos y que no se encuentre ni uno solo en su propia patria que le conceda un albergue, ni aun por una sola noche? Pues esto cabalmente sucedió a Jesucristo en Belén: para todos los demás, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, nobles y plebeyos, hubo alojamiento; solo Jesús con su Madre se vio desechado de todos y se halló precisado a ver la primera luz del día en un establo. * * * Lo que manifiesta más claramente a mi vista mi soberbia, es que yo me veo honrado mucho más de lo que Vos lo fuisteis, y aun así no estoy contento: se venera en mí el estado en que me hallo y por él se me trata con respeto y reverencia; mas ¿quién os trataría con veneración cuando no demostráis otra cosa que la condición de un pobre artesano? ¡Ay de mí! Yo quiero ser estimado más que lo fue mi Redentor. Bien lo conozco, ¡oh Jesús mío!, y así no sé qué hacer; muy radicado está en mí este deseo, que os es tan odioso, de los honores y ese horror que tengo a los desprecios, que os es tan abominable; todo ha de ceder a este monstruo, vuestro honor, el beneplácito de vuestro eterno Padre, el progreso en la virtud, la santidad de mi alma; esta es una llaga que solo Vos la podéis curar, ¡oh Jesús mío!
San Antonio María Claret, Ejercicios Espirituales de San Ignacio explicados por el Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio María, arzobispo de Santiago de Cuba, Librería Religiosa, Barcelona 1859, p. 226 y 229.
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