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Plinio Corrêa de Oliveira
Esta primera escena fue captada en la isla de Ischia, Italia, después de una tormenta. La naturaleza ha recobrado su aspecto alegre. Acompañada de sus hijos, o tal vez de sus nietos, una anciana campesina sube una colina. El camino no está asfaltado y a ambos lados no hay cinemas, bares, vitrinas ni anuncios luminosos. Nadie en este grupo sueña con poseer un “cadillac”, ni siquiera una “lambretta” [motocicleta]. ¡Sin embargo, qué saludables se ven! Cómo sus almas rebosan con las alegrías simples y elementales de la vida del campo, que la milenaria tradición de austeridad cristiana les hace sentir tan bien. Son felices porque están sanos, porque el aire es limpio, porque el campo es hermoso, porque están arraigados en un ambiente familiar lleno de amor sin sentimentalismos pero rico en sentido del sacrificio y de la entrega mutua. En la sencillez de sus modales se reúnen alrededor de la figura central en una actitud de verdadera veneración. Y en esta veneración, ¡cuánto afecto, cuánta confianza! Estamos lejos de menospreciar los beneficios que la civilización y la cultura proporcionan. Sin embargo, por la monstruosa desviación que causa el neopaganismo, vivimos en una época en que la civilización y la cultura despiertan en el hombre apetitos y ambiciones insaciables, y los placeres artificiales destruyen el sentido cristiano de la austeridad y del sacrificio. Las pasiones desencadenadas eliminan cierta frescura del alma con la cual se pueden saborear las moderadas satisfacciones de una vida cotidiana consagrada a la oración, al deber y a la familia. Para las víctimas de este proceso, su existencia se convierte en una trágica carrera en busca de oro, o en una danza frenética alrededor de los placeres de la carne. La vida no nos fue dada para ser felices, sino para dar gloria a Dios. Es importante señalar que aun desde el punto de vista de la felicidad terrenal, el neopaganismo es un mal negocio. Pues hay más alegría en una sociedad austera y cristiana, aunque sea muy modesta, que en las fastuosidades falaces de una supercivilización —o quizá mejor de una pseudocivilización— que pone toda su felicidad en los deleites de la sensualidad o en las ilusiones del dinero. * * * Una segunda instantánea tomada en la calle Mouffetard de París. Con dos botellas en la mano, un niño camina rumbo a su casa. Lleva provisiones para dos placenteros días: el sábado y el domingo. ¡Qué modesto regalo! ¡Qué triunfante y desbordante alegría! ¿Cómo puede un placer tan pequeño causar tanto deleite?
Se trata, evidentemente, de un niño de origen muy modesto, vestido con extrema simplicidad, aunque no pobremente. En un entorno como el suyo, no es raro encontrar, incluso en las grandes ciudades, una alegría casta y austera de personas que llevan una vida cotidiana simple y laboriosa. Una vida inspirada directa o indirectamente por la influencia sobrenatural y benéfica de la fe. En tal situación, se acumulan reservas de paz de alma, vitalidad y energía virtuosa, propia de quien se deleita con cualquier pequeño gusto adicional y se contenta con él. En la mesa de una familia como esta, un poco de abundancia en el comer y en el beber es suficiente para causar una gran alegría. Una vez más, esto demuestra que no son las sobras del oro, ni mucho menos los excesos de la lujuria, los que dan al hombre la medida de la felicidad posible en esta tierra. Por el contrario, es en la mortificación, en la sobriedad, en la seria y efectiva integración en una vida cotidiana normal y a veces penosa, que el hombre adquiere ese equilibrio virtuoso que le permite el placer de vivir. Pero después de que la humanidad abandonó a Nuestro Señor Jesucristo y a su Santa Iglesia, todos estos valores morales que se nutren de la savia de la gracia comenzaron a decaer. Cuando el diablo le promete algo al hombre, es precisamente eso lo que le va a robar. Desde los albores de su apostasía en el siglo XIV, el demonio le ha estado prometiendo al hombre occidental una civilización que multiplica por medio de la tecnología las riquezas y los deleites de la sensualidad, ¡produciendo una mayor alegría de vivir!
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La mayor fuente de gracia, después de los sacramentos |
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