Vidas de Santos Santa Liduvina de Schiedam

Vista actual de la histórica ciudad de Schiedam, cuna de la santa, en los Países Bajos

Víctima expiatoria de la Justicia Divina

Plinio María Solimeo

A la edad de 15 años, Liduvina sufrió una caída patinando sobre hielo, rompiéndose una costilla. Del funesto accidente nunca se recuperó y, con el tiempo, quedó discapacitada para el resto de su vida.

El sufrimiento, cuando es visto con ojos sobrenaturales, es tan sublime que tiene algo de sacramental. En efecto, los santos lo llaman comúnmente el octavo sacramento.

¿Podría ser de otra manera si el propio Hijo de Dios lo eligió amorosamente para Sí, convirtiéndolo en su mayor galardón aquí en la tierra?

La vocación al sufrimiento es, por lo tanto, una de las más elevadas que hay en la Iglesia.

Ciertamente, se puede decir que ella se confunde con la vocación a la santidad, puesto que sin el sufrimiento no se llega a la práctica heroica de todas las virtudes. Sin embargo, se puede afirmar que, en la senda de la santidad, la vocación específica para el sufrimiento es una excelencia dentro de la excelencia. Un plus ultra dentro del plus ultra.

Es también por esta razón que, en todas las épocas de la vida de la Iglesia, la Providencia suscita almas que, al aceptar un extremo de sufrimientos, sirven de contrapeso en la balanza de la Justicia Divina, suprimiendo lo que falta en el platillo del bien, para que la carga de los pecados del mundo no obligue a que la cólera sacrosanta de Dios se abata sobre la tierra.

*    *    *

Una de estas víctimas expiatorias fue santa Liduvina de Schiedam, cuya vida fue escrita a principios del siglo pasado por Joris-Karl Huysmans. Este conocido escritor francés, convertido al catolicismo a finales del siglo XIX desde las más profundas entrañas de la anti-Iglesia —como él mismo lo narra en su libro Là-Bas (Allá abajo)—, describió la vida de esta santa apoyándose en biografías escritas poco después de su muerte por tres religiosos que la conocieron muy de cerca y acompañaron el impresionante ascenso de su vida espiritual.

Sin las fuentes mencionadas —bastante fidedignas—, dado el carácter tan extraordinario de la existencia de santa Liduvina, sería difícil concebir la serie de catástrofes físicas, intervenciones sobrenaturales y preternaturales que sembraron la vida de esta virgen flamenca. Nos ha parecido oportuno enfocarnos aquí en algunos aspectos de la vida de esta alma expiatoria, lamentablemente poco conocida incluso en los ambientes católicos.

Así pues, basados en Sainte Lydwine de Schiedam (Librairie Plon, Lon-Nourrit et Cie., Imprimeurs-Editeurs, París, 1901) del citado autor, y en la Histoire Universelle de l’Église Catholique, del padre René François Rohrbacher (Gaume Frères, Libraires, París, 1845, t. XXI), presentaremos algunos rasgos de esta vida extraordinaria.

Contexto histórico

Siempre que podía Liduvina entraba a la iglesia para rezar ante la imagen de María por la que sentía una atracción especial. Jan Dunselman, 1901 – Serie sobre la vida de la santa, Basílica de Santa Liduvina en Schiedam, Países Bajos.

El período comprendido entre el final de la Edad Media y la caída de Europa “en esa cloaca desenterrada del paganismo que fue el Renacimiento” (Huysmans, op. cit., p. 51) constituyó una de las épocas más turbulentas de la historia.

Así describió el profesor Plinio Corrêa de Oliveira, en su admirable obra Revolución y Contrarrevolución, las profundas metamorfosis que se produjeron entonces en Europa:

“El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. … En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en el arte el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de los sentidos va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y molicie. Hay una paulatina mengua de la seriedad y de la austeridad de los antiguos tiempos. Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz y de las aspiraciones de santidad y vida eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana, se vuelve amorosa y sentimental; la literatura de amor invade todos los países; los excesos de lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas las clases sociales” (Tradición y Acción por un Perú Mayor, Lima, 2ª edición, 2018, Parte I, cap. III, 5, p. 40-41).

Las consecuencias religiosas y políticas de esta situación fueron catastróficas. Tres pontífices paralelos, elegidos cada uno por un grupo de cardenales, se lanzaban mutuamente excomuniones y anatemas, desgarrando la unidad del Cuerpo Místico de Cristo, con el apoyo de reyes y potentados, en la medida en que servían a los intereses de cada uno.

Mientras tanto, los pretendientes a una misma corona se enfrentaban entre sí, recurriendo a todos los medios —incluidos los asesinatos más monstruosos y las alianzas más deshonrosas— para alcanzar sus objetivos. Y, al igual que los líderes espirituales y civiles, los subordinados luchaban entre sí en sangrientas guerras fratricidas.

Las huestes celestiales se aparecen ante Liduvina y su familia. Jan Dunselman, 1901 – Basílica de Santa Liduvina en Schiedam, Países Bajos.

Para contrarrestar esta situación apocalíptica, la Providencia suscitó a varios santos, entre ellos a san Vicente Ferrer, santa Catalina de Siena y santa Brígida. Y, como si estuviera clavada en su lecho de dolor durante 38 años, santa Liduvina de Schiedam.

Schiedam es una simpática y pequeña ciudad de Holanda, cerca del lugar donde el río Mosa desemboca en el mar del Norte. El Domingo de Ramos de 1380 fue elegida para ser la cuna de una de las joyas más gloriosas de la hagiografía católica.

Hija de un guardián nocturno de la ciudad, poco se sabe de su infancia, salvo que era muy piadosa y caritativa y que, al cumplir los 15 años de edad, era muy hermosa.

No es de extrañar, pues, que su padre quisiera desposarla con algún pretendiente acaudalado, lo que podría ser de ayuda para el vigilante de las noches, cuya única riqueza consistía en su inmensa descendencia.

Liduvina, sin embargo, ya había consagrado su virginidad a Dios. Al darse cuenta de que su apariencia sería un obstáculo continuo para sus deseos, recurrió a su Esposo Celestial suplicándole que le arrebatara la belleza física, para alejar a los pretendientes.

Sus plegarias fueron escuchadas con creces. Pronto contrajo una enfermedad que la dejó cadavérica, con los ojos hundidos y la piel macilenta y verdosa. Así comenzó para Liduvina el sublime martirio que duraría hasta el final de su vida.

Basílica de Santa Liduvina y de Nstra. Sra. del Rosario en Schiedam, de estilo neogótico, diseñada por el arquitecto E. J. Margry; la iglesia fue inaugurada en 1881. Altar mayor y monumento exterior al Sagrado Corazón de Jesús.

Víctima reparadora

Cuando Satanás alegó ante Dios que Job, a pesar de haber perdido todos sus bienes, persistía siendo “un hombre justo y honrado, que teme a Dios y vive apartado del mal” (Job 2, 3) solo porque su cuerpo no había sido afectado, le respondió el Creador: “Haz lo que quieras con él, pero respétale la vida” (2, 6). Y la furia del infierno volvió a abatirse sobre Job, esta vez hiriendo su propio cuerpo.

Algo similar fue lo que le sucedió a Liduvina, aunque en lugar del demonio fue la cólera del propio Dios la que se abatió sobre ella, con su consentimiento, para que expiara el abrumador peso de los pecados de su tiempo.

No es posible narrar, en los límites de un artículo, todos los tormentos físicos, morales y espirituales de santa Liduvina. Para tener una idea, padeció todas las enfermedades conocidas en aquella época, excepto la lepra, considerada infamante por privar a quienes la contraían de la convivencia humana. Y nuestra santa debía ser una apóstol en su lecho de dolor.

Con el cuerpo carcomido por los gusanos, transformado en una inmensa pústula —que, atestiguando su origen sobrenatural, emanaba un suave perfume—, padeció durante casi cuatro décadas.

Durante los primeros tres años de su enfermedad (1395-1398), Liduvina gimió bajo el peso del sufrimiento, sin consuelo y sin comprender su razón. Deseaba escapar de él y preguntaba a Dios por qué la trataba con tanta dureza.

En aquel momento, un sacerdote acudió en su ayuda y le enseñó a ofrecer sus sufrimientos en reparación por los pecados del mundo. En este sentido, debía meditar continuamente los misterios de nuestra Redención y acompañar de ese modo a Nuestro Señor.

A partir de entonces, se le abrió una nueva vida. Comprendió que su misión era ser víctima expiatoria y que debía reparar la Justicia Divina por las graves e inmensas ofensas cometidas contra Ella.

Más tarde, el mismo Señor le haría comprender mejor su misión, mostrándole la situación de Europa en aquel momento.

Santo Domingo adorando a Cristo crucificado, Fra Angelico, c. 1437-1446 – Pintura al fresco, Convento de San Marcos, Florencia. Santa Liduvina de Schiedam meditaba continuamente sobre los misterios de la Redención, como la muerte del Salvador, buscando hacerle compañía en sus sufrimientos.

“Europa se le aparecía [a la santa] conmocionada —escribe Huysmans— sobre el lecho de su suelo, tratando de recoger sobre sí, con manos temblorosas, la cubierta de sus mares, para ocultar su cuerpo en descomposición, que no era más que una masa de carne, un limo de humores, un lodazal de sangre; porque era una podredumbre infernal que le reventaba por los costados. Era un frenesí de sacrilegios y de crímenes lo que la hacía rugir como un animal que se sacrifica. Era la pestilencia de sus vicios lo que la destrozaba. Eran los cánceres de la simonía, los cánceres de la lujuria los que la devoraban viva. Y, aterrorizada, Liduvina miraba su cabeza, adornada con una tiara, que oscilaba, rechazada ora hacia el lado de Aviñón, ora hacia el de Roma.

“—‘Mira’, le dijo Cristo. Y, sobre un fondo de incendios, ella percibió, bajo la conducción de locos coronados, a la jauría desatada de los pueblos. Se masacraban y saqueaban sin piedad. Más lejos, en regiones que parecían pacíficas, contempló los claustros trastornados por las intrigas de monjes infieles, el clero que traficaba con la Carne de Cristo, que vendía en subasta las gracias del Espíritu Santo. Fue testigo de las herejías, los aquelarres en los bosques, las misas negras” (op. cit., p. 272-273).

En sentido inverso, para que Liduvina comprendiera que no estaba sola, el Redentor le mostró una falange de santos que por todas partes se sacrificaban, predicaban y reformaban, buscando restaurar la integridad del Cuerpo Místico de Cristo y la Cristiandad, como Bernardino de Siena, san Lorenzo Justiniano, san Nicolás de Flue, santa Juana de Arco, san Juan de Capistrano y tantos otros.

Los sufrimientos se convirtieron para ella en una necesidad. ¿Qué importaban sus males, si con ellos reparaba a Dios y evitaba que un mayor número de personas se precipitara al infierno?

A la par que aumentaban sus sufrimientos, comenzó a disfrutar de gracias místicas tan notables que exclamaba: “Las consolaciones que siento son proporcionales a las pruebas que soporto, y las encuentro tan exquisitas que no las cambiaría por todos los placeres de la tierra”.

Participantes en una histórica procesión religiosa durante la Heiligdomsvaart (Peregrinación de las reliquias) en Maastricht, Países Bajos, transportando el relicario de santa Liduvina en una anda procesional

Algunas de estas gracias consistieron en llevar las sagradas llagas de Nuestro Señor en su carne y en padecer con Él los tormentos de la Pasión. Las visitas celestiales se volvieron familiares, así como la visión continua de su ángel de la guarda, que no solo la llevaba en espíritu a los lugares de la tierra santificados por la presencia de nuestro Divino Salvador, o en los que habían ocurrido hechos trascendentales para la vida de la Iglesia, sino también al Purgatorio e incluso al Infierno. Llevada también al Paraíso, fue agasajada muchas veces por la Santísima Virgen, conviviendo con ángeles y santos.

Aunque todo su cuerpo, excepto la cabeza y el brazo izquierdo, estaba paralizado, ella movía —no solo por el sufrimiento, sino también por las palabras— una parte de la historia de su tiempo. Su humilde habitación, donde yacía inmóvil sobre un lecho de paja, recibió la visita de numerosas autoridades civiles y eclesiásticas, de religiosos y seglares de todos los estratos sociales. Su casa se convirtió no solo en un lugar de peregrinación, sino en un verdadero hospital para las almas. Dios la favoreció con el don de los milagros y con el espíritu profético.

El último milagro

Santa Liduvina falleció en 1432, a los 53 años de edad. Antes de comenzar su agonía, se le apareció Nuestro Señor Jesucristo acompañado de la Santísima Virgen, los doce apóstoles y una multitud de ángeles y santos. Servido por los ángeles, el Divino Salvador tomó los santos óleos y le administró la Extremaunción. Luego, tomando una vela que un ángel le presentó, la puso en las manos de Liduvina, acercándole también el crucifijo, que ella besó amorosamente, suplicando al Salvador que le permitiera, hasta el momento en que su alma se separara del cuerpo, sufrir todo lo que fuera necesario para que ella pudiera entonces contemplarlo cara a cara en el cielo.

Esa gracia le fue concedida. Dos días después expiró, asistida únicamente por su sobrino Balduino de doce años. Eran las tres de la tarde del 14 de abril de 1433. Catalina Simon, su fiel enfermera, vio cómo su alma era recibida por Nuestro Señor en el Paraíso Celestial.

Mientras tanto, en la tierra, su cuerpo consumido por las enfermedades y los sufrimientos recuperaría, en el momento de la muerte, la frescura y la belleza que Liduvina tenía a los quince años de edad.

Madre del Buen Consejo de Asís Tres caras de la Revolución
Tres caras de la Revolución
Madre del Buen Consejo de Asís



Tesoros de la Fe N°292 abril 2026


Una elevada y bella meditación para el tiempo pascual
Palabras del Director Nº 292 – Abril de 2026 El peor enemigo es el que oculta la verdad ¿El teclado está acabando con la pluma? Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores Madre del Buen Consejo de Asís Santa Liduvina de Schiedam Tres caras de la Revolución



 Artículos relacionados
La revolución sexual destruye la familia - II Luego de haber analizado los aspectos generales de la revolución sexual en curso, continuamos con la segunda parte de este estudio, donde se apreciará aún más la importancia y actualidad del tema...

Leer artículo

¿Cómo librarnos de los escrúpulos? Me encuentro sin luz y sin fuerzas. He sufrido por malos pensamientos o dudas contra la fe, pero me quedo siempre sin saber si consentí o no en ellos. Intento aclarar esto y comienzo a analizar mi propia conciencia, pero ahí las dudas contra la fe regresan...

Leer artículo

Si la Iglesia dejara de ser “universal”, ¿podría seguir llamándose “católica”? La pregunta del consultante es completamente apropiada. En efecto, el adjetivo “católico”, traducción del griego katholikós (a su vez, derivado de kathá —a través, completamente— y holos —entero, todo), significa precisamente “general”, “universal”...

Leer artículo

Planes fantasiosos para reformar el matrimonio Todos conocemos la dolorosa crisis que atraviesa actualmente la familia. Todos oímos como crujen y se agrietan los muros de la sociedad, por haberse conmovido los cimientos de la vida social, es decir, la vida familiar...

Leer artículo

¿Puede la Iglesia Católica aceptar a sacerdotes casados? En una reunión, el diácono de nuestra parroquia dijo que dentro de pocos años la Iglesia aceptará sacerdotes casados. Confieso que quedé muy confundido y quisiera conocer su calificada opinión...

Leer artículo





Promovido por la Asociación Santo Tomás de Aquino