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Compuesto por el bienaventurado Papa Pío IX
Dulcísimo Jesús, cuya infinita caridad para con los hombres es por ellos correspondida ingratamente con olvidos, frialdades y desprecios, henos aquí postrados en vuestra presencia para desagraviaros, con especiales homenajes, de la insensibilidad tan insensata y de las nefandas injurias con que es blanco, de todas partes, vuestro amorosísimo Corazón. Reconociendo, sin embargo, con el más profundo dolor, que también nosotros más de una vez cometimos las mismas indignidades, en primer lugar imploramos que nos deis vuestra misericordia, listos a expiar no solo las propias culpas, sino también las de aquellos que, errando lejos del camino de la salvación, o se obstinan en su infidelidad, no queriéndoos como pastor y guía, o conculcando las promesas del bautismo, sacudieron el suavísimo yugo de vuestra santa Ley. De todos estos tan deplorables crímenes, Señor, queremos hoy desagraviaros, pero particularmente de las costumbres licenciosas y de las inmodestias del vestir, de tantos lazos de corrupción armados contra la inocencia, de la violación de los días santos, de las execrables blasfemias contra Vos y vuestros santos, de los insultos a vuestro vicario y a todo vuestro clero, del desprecio y de las horrendas y sacrílegas profanaciones al Sacramento del divino amor, y en fin, de los atentados y rebeldías de las naciones contra los derechos y el magisterio de vuestra Iglesia. ¡Oh! ¡Si pudiéramos lavar con nuestra propia sangre tantas iniquidades! Sin embargo, para reparar la honra divina ultrajada, os ofrecemos, juntamente con los méritos la Virgen Madre, de todos los Santos y almas piadosas, aquella infinita satisfacción que Vos ofrecisteis al Eterno Padre sobre la Cruz, y que no cesáis de renovar todos los días sobre nuestros altares. Ayudadnos, Señor, con el auxilio de vuestra gracia, para que podamos, como es nuestro firme propósito, con la vivacidad de la fe, con la pureza de las costumbres, con la fiel observancia de la ley y caridad evangélicas, reparar todos los pecados cometidos por nosotros y por nuestro prójimo; impedir por todos los medios nuevas injurias a vuestra divina Majestad y atraer a vuestro servicio el mayor número posible de almas. Recibid, oh benignísimo Jesús, por las manos de María Santísima Reparadora, el homenaje espontáneo de nuestro desagravio, y concedednos la gran gracia de mantenernos constantes hasta la muerte, en el fiel cumplimiento de nuestros deberes y en vuestro santo servicio, para que podamos llegar todos a la Patria bienaventurada, donde Vos, con el Padre y el Espíritu Santo, vivís y reináis —Dios— por todos los siglos de los siglos. Amén.
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Lección de fe y confianza en el Sagrado Corazón |
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