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A partir de esta edición publicaremos una serie de trechos seleccionados, extraídos del libro «Pensamientos Consoladores de San Francisco de Sales» —Doctor de la Iglesia y Patrono de los periodistas católicos; uno de los autores ideales para elevar las almas a la perfección espiritual— recopilados por el padre Huguet, S.M.*
Considerad el amor eterno que Dios os tiene, porque mucho antes que Jesucristo sufriese en la Cruz por vos, como hombre, su divina Majestad os destinaba a la vida y os amaba extremamente. ¿Pero cuándo comenzó Él a amaros? Os amó siempre y desde toda la eternidad os preparó los favores y gracias que os ha concedido. El amor divino, que radica en el corazón del Salvador como en un trono real, contempló por la abertura del costado a todos los corazones de los hijos de los hombres; porque ese corazón, siendo el rey de los corazones, tiene siempre la mirada fija en ellos. Pero, como los que miran a través de celosías [especie de persianas] ven sin ser vistos, así el divino amor de este corazón ve siempre claramente a los nuestros y los contempla con miradas de ternura; pero nosotros no lo vemos distintamente. Porque, Dios mío, si lo viésemos claramente, moriríamos de amor por Él. […] Fue sin duda un gran don el que el Eterno Padre concedió al mundo, cuando le dio a su propio Hijo como el mismo Señor lo dice: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”. Oh, exclama el santo apóstol Pablo, ¿por qué pues no le concederá todos los otros dones con éste? […] Es ciertísimo y mucho os debería consolar el saber que Jesucristo satisfizo plenamente a Dios su Padre por todos los castigos que merecemos por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo. Es lo que San Pablo confiesa a los romanos, diciendo que, donde abundó la culpa, sobreabundó la gracia; había, quiere decir él, una gran abundancia de pecados, pero mucho mayor abundancia de gracias, de forma que éstas satisficieron por ellos. Nuestro Salvador, viendo que la divina Majestad de su Padre amaba mucho la naturaleza humana, sin informarse del precio que costaría el redimirnos le presenta un precio que ni nosotros ni los ángeles valemos, una satisfacción mayor de lo que podían exigir todos los pecados del mundo. […] Por lo tanto, bien podía decir David: “En Nuestro Señor hay una gran misericordia y una satisfacción amplia y excelente!” Dios, bien infinito, fue ofendido; Jesucristo, bien infinito, satisfizo; el hombre se elevó por la soberbia contra Dios; Jesucristo, por la humildad, se rebajó hasta la criatura.
* P. Jean-Joseph Huguet S.M., Pensamientos Consoladores de San Francisco de Sales, Livraria Salesiana Editora, São Paulo, 1946, p. 36-46.
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Nuestra Señora de la Caridad del Cobre - Celestial Patrona de Cuba |
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