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Permanece inexplicablemente desconocido entre nosotros el gran apóstol del Paraguay, P. Antonio Ruiz de Montoya S.J. (1585-1652). Este insigne jesuita limeño, muerto en olor de santidad, participó en la gigantesca obra de las Reducciones, que abarcaron al Paraguay y vastas regiones de Brasil, Bolivia y Argentina.
"Se jugó la vida mil veces —comenta el Padre Rouillon— en su esfuerzo por arrancar de la vida nómada y del canibalismo a las tribus guaraníes más indómitas”, a las cuales evangelizó por espacio de 25 años. Y añade: “Su más increíble hazaña fue el traslado de doce mil guaraníes en setecientas balsas por ríos, cataratas y bosques, desde el Guairá, hoy en el Brasil, hasta Misiones, en Argentina, trayecto de unos mil doscientos kilómetros, buscando una zona suficientemente distante y protegida. A esta columna se unió otra en el camino, también en fuga. Perseguidos por los bandeirantes [portugueses], a tres días de distancia, acosados por españoles, que querían aprovechar la ocasión, hambrientos y exhaustos, tuvieron por único guía a Antonio, incansable y audaz”. Encabezó más tarde una embajada, primero en Madrid ante Felipe IV y luego en su Lima natal, ante el Virrey Marqués de Mancera, para armar a los guaraníes. Aquí conoció al Venerable Padre Francisco del Castillo S.J., a cuyas instancias escribió el libro Sílex del Divino Amor, recogiendo las lecciones con que inició a éste en la contemplación mística, de las que transcribimos a seguir sus primeras líneas: “El primer paso que debes dar en el camino de tu corta vida, y el último en que lo acabes con la muerte, es en rastrear la primera Causa y origen de todo ser y fin de toda criatura, que es Dios y Padre tuyo, que te engendró eternamente de su misericordia y paternal amor en su divina idea. En donde sin que lo imaginases ni nadie por ti se lo pidiese, te dio ser y viviste en Él. En donde, como todas las cosas que están en Dios son Dios, así tú fuiste Dios en Él. Y si eres hijo eres heredero de sus tesoros. “Intolerable ingratitud es que no pongas todo tu cuidado en conocer a tan poderoso y divino Padre. Porque ¿cómo amarás a quien no conoces? Porque no procuras conocerle; ni le amas porque no le conoces. De qué se queja: Crié hijos y ensalcélos y ellos me despreciaron. El buey conoce a su amo y el jumento el pesebre de su sueño, mas Israel no me conoce a mí. De tu descuido se queja, que, con ser tan Padre tuyo, no le buscas, ni aun te precias de ser su hijo. Avergüéncete el cuidado con que el gentil le buscó sin la luz de la Fe; y tú con ella, que te guiará seguro, no le buscas”. Dios no se halla por los sentidos exteriores “Si tu discurso le busca sin fe viva y tu cuidado sin amoroso afecto, no le podrás hallar. Si en Él pones los ojos, eres topo; y Él es invisible, pero más claro que la luz del sol. Si en Él pones tus oídos, eres sordo para oír tan delicada e increada voz. Y así es imposible que percibas con ese sentido su suave música. Si aplicas tu oler, nada percibirás, porque la sutileza de su olor es increada y lo que tu olfato pide es criatura. Si tu sabor y gusto, nada gustarás, porque su sabor es tan pura sustancia, que no admite accidentes, y éstos son los que tu paladar pide. Si aplicas tu tacto y quieres abrazarle, quedarás vacío; porque es tan sutil como increado. Si quieres aplicar sus perfecciones con palabras, quedará mudo tu concepto, porque como no lo puedes hacer de tan inmensa causa, menos hallarás razones para definirlo. Que aun el mismo Dios, que solo a sí se comprende, parece que no pudo decir de sí más que: Yo soy el que soy — Ex. 3, 14. Dios no es luz, no es bondad, no es sabio, no es poderoso, no es fuerte, al modo que tú puedes imaginar. Porque no puedes conocer sus atributos, sino por lo que ves criado, y todas las perfecciones de Dios son increadas. Y así el concepto de este gran Señor no cabe en la corta capacidad de los sentidos. Dijo bien un gentil: Tan dificultoso es hallar al Criador del Universo, como después de hallado es imposible hablar dignamente de Él — Platón. Eso no cabe en sentido externo; al interno sí le queda algún resquicio. Helo aquí, está tras nuestra pared, mirando por las ventanas, espiando por las celosías — Can. 2, 9”. Antonio Ruiz de Montoya S.J., Sílex del Divino Amor, Introducción trascripción y notas de José Luis Rouillon Arróspide S.J., Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 1991.
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