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El Parlamento belga aprobó recientemente una ley que reconoce ¡el derecho de los niños a matarse a sí mismos! Así, los menores de edad podrán optar por la muerte con la ayuda de un médico, en el caso de que consideren que sus dolores son demasiado fuertes como para soportarlos. Bélgica se convierte así en el segundo país, después de Holanda, que autoriza la eutanasia para menores. La diferencia entre estos dos países, vecinos entre sí, sin embargo, radica en que, mientras la ley holandesa prevé un mínimo de doce años para tomar tal decisión, la belga no fija un mínimo de edad, sino que exige, de forma genérica, que el menor tenga “capacidad de discernimiento” para que pueda acogerse a su “derecho a una muerte asistida”. Durante el debate, el padre de la ley, Philipe Mahoux, calificó la medida como un paso de “naturaleza humanista” destinado a responder a la demanda de pediatras y enfermeros que se enfrentan al “sufrimiento insoportable”.
Sin embargo, su opinión ha sido contestada con estruendo por pediatras que afirmaron en una carta que “en la práctica, nunca jamás se ha presentado la solicitud, ni espontánea ni meditada, de eutanasia por parte de un menor”. “Ningún niño quiere morir. No quiere sufrir o que sus padres sufran, pero no es lo mismo”, declaró la diputada Marie-Christine Marghen, que votó contra el proyecto. Así, 160 pediatras belgas calificaron la decisión de aprobar este texto de “precipitada y prematura”, invocando la “responsabilidad de los políticos” para no votar una ley que, en su opinión, “humilla a los médicos y los equipos de cuidados paliativos que hacen un trabajo formidable”. “Incluso los casos médicos más complejos —continúan los profesionales— se pueden resolver en el actual marco jurídico […] y hoy en día estamos preparados para controlar perfectamente el dolor físico, la asfixia o la angustia ante la cercanía de la muerte”. Pero los parlamentarios belgas no quisieron oír la voz sensata de los especialistas ni a la jerarquía eclesiástica, que calificó la propuesta de “banalización de la muerte”. Muchos alegan con razón que la eutanasia, ya aprobada y en práctica desde hace varios años tanto en Bélgica como en Holanda, para adultos, no ha sido debidamente supervisada por los organismos del Estado. Recuerdan que, de los más de seis mil casos declarados en Bélgica desde 2002, ningún dossier ha llegado a la Justicia. O sea, cabe temer que, en muchos casos, quienes supuestamente pidieron la muerte, lo hayan hecho presionados o inducidos por médicos o enfermeros… quizá hasta por sus propios herederos. A tal punto el mundo descristianizado está perdiendo el sentido de la caridad, que diversos escritores europeos ya sostienen la inutilidad y, más aún, la nocividad de los establecimientos de asistencia a la infancia desvalida. Alegan sus defensores que, si el niño enfermo es un ser inferior, ¿por qué razón el Estado deberá sobrecargarse con su educación? ¿No sería mejor dejar morir a estas ramas casi secas, para que la savia afluya más abundante, para las ramas sanas? O sea, se quiere acabar con la compasión, negándose los derechos más básicos a todos los que están en una situación de debilidad. Se concreta así un zarpazo más de lo que el Papa Juan Pablo II denominó “la cultura de la muerte” y que definió en la encíclica Evangelium Vitae: “Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así una especie de «conjura contra la vida», que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial,las relaciones entre los pueblos y los Estados” (§12).
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