Plinio Corrêa de Oliveira La pequeña plaza de Venecia que aparece en la ilustración causa una primera impresión en el observador: es una plazuela en la que, sin duda alguna, esta presente una vida con intimidad. Llama la atención cómo las casas están dispuestas alrededor suyo: hay una especie de fraternidad entre ellas. Las casas parecen ser hermanas unas de otras, acogedoras entre sí. Por otra parte, los habitantes de la plaza son personas que llevan una vida con cierta suavidad, con cierta intimidad, similar a la de las casas: una intimidad ceremoniosa. Ceremoniosa, porque al mismo tiempo que en esta plaza hay intimidad, no existe el menor ambiente para, por ejemplo, que alguien salga de repente en pijama. En este lugar no hay clima para el pijama. Hay una especie de calma, resultado de la tradición y el buen gusto difuso en todo. Cada elemento es de un gusto refinado y considero que dos o tres fachadas de estas viviendas, por su discreción, son muy hermosas. Por ejemplo, aquel palacete de la derecha, en el grabado: es a la vez pequeñito y muy pomposo. Se puede ver una corona de conde en la parte superior. Su fachada es imponente. Uno tiene la impresión que delante de ella hubo una representación teatral, en una tarima armada para una fiesta. Luego, al fondo, la iglesia, que es muy simpática, y sobre todo su torre, muy elegante. Los trazos de la torre son hermosos, muy armoniosos, muy distinguidos. Esta plazuela tendría un defecto —en mi opinión— si no hubiera un pozo en el centro. Algo faltaría y parecería enorme. El pozo desempeña un papel, en el conjunto, que es algo extraordinario. Es un centro psicológico superior. Se puede ver que la plaza no está totalmente pavimentada, sino solo en parte. Donde existe una plebe, hay calor humano, la plebe representa un elemento de calidez en las relaciones humanas. ¡Una sociedad sin plebe se vuelve inhumana! Algunas cosas indican la presencia de la plebe en la plaza. Por ejemplo, la chimenea de la casa, a la izquierda, con una escalera encima. Me imagino a un italiano plebeyo, limpiando la chimenea y cantando. Luego interrumpe su trabajo para almorzar. Aún puedo imaginar un viento que tumba la escalera y esta se precipita sobre una niña. Pero, gracias a la intercesión de san Antonio de Padua, ¡la escalera se desvía! El grabado sugiere escenas como esa. Lo encuentro muy pintoresco. Conclusión: frente a esta plazuela, a fuerza de mirarla, el sentido común elabora o destila una nota selectiva o dominante que concierne a todas las notas particulares existentes en él. Esta nota dominante, a su vez, tiene para mí un valor del espíritu. Yo diría que esa nota es: intimidad ceremoniosa y suave, afable, espiritual, llena de armonía y distinción. Ahí está el encanto de esta pequeña plaza.
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Plinio Corrêa de Oliveira, cultivó desde su infancia, los más excelentes valores cristianos En estas líneas, intenté dar algunos trazos de cómo Plinio, desde niño, ya respiraba valores contra-revolucionarios. Con los años, él creció ultramontano— como eran llamados en el siglo XIX los católicos antiliberales y fieles al Papado—, monarquista, antimodernista, católico en todas sus manifestaciones. Con la lectura de autores como De Bonald, Donoso Cortés, Veuillot, y de numerosos santos como San Pío X, él explicitó y formuló de modo sistemático sus teorías, su Weltanschauung(visión del universo), aunque todas ellas ya existían en su alma en estado germinal. ¿Cómo esta germinación fue posible en una ciudad moderna, incrustada en el Nuevo Mundo? ¿Por una gracia especialísima de la Santísima Virgen? Ciertamente sí. Pero ello nos lleva a otras consideraciones: si Dios suscitó una personalidad como la del Dr. Plinio, ¿no será esto una primera gracia y un primer paso para un cambio radical en el rumbo de los acontecimientos? ¿No estará próxima la restauración de la civilización cristiana?... |
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