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PREGUNTA En el mes de junio participé en una reunión titulada “Creciendo en la Fe”, organizada por un grupo laico que no conocía. Durante las discusiones se abordó la devoción popular al Sagrado Corazón de Jesús, y quedé sorprendido al advertir que tanto el sacerdote conferencista como la mayoría de los participantes manifestaban una visión muy negativa de dicha práctica. Algunos llegaron a sostener que era una devoción poco espiritual, inclinada hacia cierto materialismo; otros afirmaban que su objeto no era claro: si se refería al órgano físico o al amor entendido de manera simbólica. Hubo quienes alegaron que la relación entre el corazón y el amor estaría ya superada por la ciencia, que no considera al corazón como sede de las emociones. Por fin, el propio sacerdote declaró que sería teológicamente erróneo rendir culto a una parte del cuerpo en lugar de adorar a la persona íntegra de Cristo. Se criticó además que esta devoción pondría un énfasis excesivo en los sentimientos, fijando un foco desproporcionado —incluso mórbido— en el sufrimiento y en la reparación. Confieso que sigo perplejo ante todo lo que escuché y deseo recibir una explicación que me ayude a mantener viva mi devoción al Sagrado Corazón de Jesús. RESPUESTA
Agradezco la sinceridad del lector y aprovecho la ocasión para hacer una recomendación importante: siempre es prudente informarse bien antes de aceptar invitaciones para participar en encuentros de “formación” religiosa. No siempre tales ambientes resultan seguros desde el punto de vista doctrinario; al contrario, pueden introducir, de manera sutil, dudas acerca de prácticas tradicionales de piedad o incluso sobre verdades fundamentales de la fe. Fue, por desgracia, lo que parece haber ocurrido en esa reunión —que quizá sería más adecuado llamar “demolición”— en la cual el lector tomó parte. Aunque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús ocupa un lugar central en la espiritualidad católica desde hace más de tres siglos, sigue siendo objeto de críticas, tanto por parte de intelectuales racionalistas como de corrientes progresistas dentro de la misma Iglesia. El relato presentado reúne, en forma condensada, esas objeciones, que giran principalmente en torno a tres puntos: la supuesta indefinición del objeto de la devoción, su fundamento teológico y la legitimidad de sus expresiones simbólicas y prácticas. En el espacio limitado de esta respuesta procuraré ofrecer una explicación de conjunto a las dificultades mencionadas, mostrando la legitimidad espiritual de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, su equilibrio teológico y la coherencia entre sus fundamentos doctrinales y sus prácticas de piedad. El aspecto simbólico del corazón
Ante todo, es esencial comprender que la devoción al Sagrado Corazón no constituye algo separado del culto a Jesús, sino una forma particular de devoción a la misma persona del Redentor. Es verdad que la palabra “corazón” evoca, en primer lugar, el órgano físico que late en nuestro pecho. Sin embargo, ese corazón de carne es universalmente reconocido como símbolo de las emociones y de la vida moral. Por ello ocupa un lugar central en el lenguaje simbólico, como en las expresiones “abrir el corazón” o “dar el corazón”. Además, en el uso común de la lengua se toma con frecuencia la parte por el todo, empleando un elemento del cuerpo para designar a la persona misma. Por ejemplo, cuando decimos “necesitamos grandes cabezas”, refiriéndonos a los científicos, o “la fuerza de sus brazos tornó fértil el desierto”, aludiendo a los agricultores de la costa peruana. Esta consideración permite comprender que, aunque el objeto inmediato de la devoción sea el Corazón de carne de Jesús —en cuanto símbolo visible—, la devoción no se limita al aspecto físico, sino que se dirige principalmente al amor que ese Corazón representa. Hay, pues, dos elementos inseparables: uno sensible, el Corazón de carne; y otro espiritual, el amor que él simboliza. Estos dos elementos no constituyen objetos distintos, sino que forman una única realidad, así como cuerpo y alma constituyen al ser humano. Entre ambos elementos, el principal es el amor, que es al mismo tiempo la razón de ser de la devoción y su causa. Así, puede definirse la devoción al Sagrado Corazón como la devoción al adorable Corazón de Jesús en cuanto símbolo de su amor; o, inversamente, como la devoción al amor de Cristo en cuanto se nos hace presente y sensible por medio de su Corazón. La devoción se fundamenta, por tanto, en el simbolismo del corazón, enriquecido por la imagen del Corazón herido, que recuerda el dolor invisible del amor de Cristo no siendo correspondido por los hombres. Por esa razón, en las representaciones del Sagrado Corazón no se busca la precisión anatómica, pues ello oscurecería el sentido simbólico. Lo importante es que el corazón representado sea reconocible como símbolo, y no como mera reproducción biológica. La devoción lleva al fiel a profundizar en la Persona de Jesucristo Siendo el corazón símbolo del amor, es natural que la devoción nos conduzca al centro de la vida de Cristo. ¿No fue acaso el amor la causa de todo cuanto Él hizo y padeció? ¿No fue ese amor el que orientó toda su vida interior? Al dirigirse al Corazón de Jesús, el fiel es llevado a contemplar sus virtudes, sus sentimientos y la esencia de su existencia, alcanzando un conocimiento más profundo de su Persona. Así, hablar del Sagrado Corazón es hablar del mismo Cristo en cuanto manifestación de su amor, que se revela de modo particularmente intenso en los misterios de la Encarnación, de la Pasión y de la Eucaristía. Al contemplar ese amor, el fiel advierte también que con frecuencia es rechazado por los hombres. Tal queja se expresa constantemente en las Sagradas Escrituras y se confirma en las apariciones a numerosos santos. Un aspecto esencial de la devoción consiste precisamente en considerar ese amor despreciado. El mismo Cristo lo reveló a santa Margarita María Alacoque (1647-1690), especialmente al manifestar su deseo de reparación.
Ninguna práctica de piedad puede agotar la riqueza de esta devoción, pues el amor —que constituye su esencia— lo abarca todo. Sin embargo, como se funda en la reciprocidad del amor (amar a Cristo que tanto nos amó) y reconoce que ese amor es muchas veces despreciado, asume naturalmente un carácter reparador. De ahí la importancia de prácticas como la Comunión reparadora de los primeros viernes de mes y otros actos de expiación. Ante esto, se comprende que la Iglesia, al aprobar la devoción al Sagrado Corazón, no se basó únicamente en las visiones de santa Margarita María, sino que examinó el culto en sí mismo. Si por una hipótesis tales visiones fueran cuestionables, la devoción permanecería sólida en sus fundamentos. Con todo, la Iglesia analizó cuidadosamente esas revelaciones antes de favorecer su difusión, reconociendo en ellas una base más que suficiente para su propagación. En cuanto a la objeción de que sería erróneo rendir culto a una parte del cuerpo, basta recordar que todo lo que pertenece a la Persona de Cristo es digno de adoración. El error consistiría en considerar el Corazón aisladamente, sin relación con la persona divina —lo que no ocurre en la verdadera devoción—. Ya en el siglo XVIII, el Papa Pío VI, en la bula Auctorem fidei, defendió esta práctica contra críticas semejantes de los jansenistas. Como ya se ha señalado, la adoración dirigida al órgano físico del Corazón se extiende, en realidad, al amor que él simboliza y, por medio de este, a la misma Persona de Cristo. Multisecular aprobación de la Iglesia Resulta particularmente lamentable que, en las críticas mencionadas por nuestro consultante, se desestime con tanta ligereza el hecho de que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no es una invención reciente, sino una realidad multisecular en la vida de la Iglesia. Desde los tiempos apostólicos se encuentra ya, aunque de forma implícita, una profunda devoción al amor de Dios: al amor del Padre, que nos entregó a su Hijo unigénito, y al amor del Verbo, que nos amó hasta encarnarse y entregarse por nosotros. Entre los Padres de la Iglesia no se halla aún la forma explícita de esta devoción tal como hoy la conocemos, pero ya se meditaba intensamente sobre el costado abierto de Cristo, sobre el misterio de la sangre y del agua que de él manaron en la crucifixión, y sobre la Iglesia nacida de ese costado abierto, así como Eva fue formada del costado de Adán. Ya en los siglos XI y XII, sin embargo, aparecen los primeros indicios inequívocos de la devoción al Sagrado Corazón, especialmente en la contemplación de la herida del Corazón de Cristo como símbolo de la herida de su amor.
De aquella época data la obra Vitis Mystica, que contiene una de las más bellas páginas que inspiraron esta devoción, hasta el punto de haber sido incorporada por la Iglesia en las lecciones del segundo nocturno de la fiesta del Sagrado Corazón. Asimismo, santa Gertrudis (1256-1302) recibió gracias especiales relacionadas con este misterio: en la fiesta de san Juan Evangelista le fue concedido reposar la cabeza junto a la herida del costado del Salvador, escuchando las pulsaciones del Corazón divino. Preguntando a san Juan si él también había experimentado tal gracia en la Última Cena y por qué nada había dicho al respecto, recibió como respuesta que esa revelación estaba reservada para tiempos futuros, cuando el mundo, haciéndose más frío, necesitaría de ella para reavivar el amor. Del siglo XIII al XVI, la devoción al Sagrado Corazón permaneció sobre todo en el ámbito de la vida mística y personal, siendo cultivada por almas privilegiadas. Los registros de diversas órdenes religiosas —como franciscanos, dominicos y cartujos— conservan numerosos testimonios de esta práctica. Se trataba, sin embargo, de una devoción esencialmente privada e interior. Ya en el siglo XVI comienza a dar un paso adelante, pasando del ámbito estrictamente individual a formas más comunitarias, con la elaboración de oraciones y ejercicios específicos cuya práctica era recomendada y valorada. En el siglo XVII, entre quienes la cultivaron con fervor, se encuentran figuras como san Francisco de Borja, san Pedro Canisio, san Luis Gonzaga y san Alonso Rodríguez, todos de la Compañía de Jesús. Fue, sin embargo, san Juan Eudes (1602-1680) quien tuvo el mérito de conferir a la devoción un carácter público y litúrgico, componiendo un Oficio propio e instituyendo una fiesta en su honor. Aunque fue principalmente el gran apóstol del Sagrado Corazón de María, su espiritualidad incluía también el culto al Corazón de Jesús, que gradualmente se afirmó como devoción distinta. Así, el 31 de agosto de 1670 se celebró con gran solemnidad la primera fiesta del Sagrado Corazón en el Seminario Mayor de Rennes, dirigido por los eudistas. Poco después, el seminario de Coutances siguió el ejemplo, y la devoción comenzó a difundirse en diversas comunidades religiosas y diócesis. Las apariciones a santa Margarita María Alacoque Al mismo tiempo, la Orden de la Visitación se preparaba, por decirlo así, para acoger la misión providencial de santa Margarita María. Diversas figuras espirituales habían contribuido a ello: las intuiciones de san Francisco de Sales, las meditaciones de la madre L’Huillier (†1655), así como las experiencias místicas de la madre Anne-Marguerite Clément (†1661) y de la hermana Jeanne-Bénigne Gojos (†1692). La imagen del Corazón de Jesús estaba ya ampliamente difundida, en gran parte gracias a la devoción franciscana a las Cinco Llagas y al uso frecuente de los jesuitas de exponer esa imagen en sus libros y templos. Fue, sin embargo, Margarita María Alacoque, humilde religiosa de la Visitación en Paray-le-Monial, quien recibió de Cristo la misión de dar nuevo impulso y difusión universal a esta devoción. Todo indica que no poseía un conocimiento previo relevante sobre el tema antes de las revelaciones. Estas fueron numerosas, siendo algunas particularmente significativas. En la fiesta de san Juan Evangelista (27 de diciembre de 1673), Jesús le permitió reclinar la cabeza sobre su Corazón, revelándole las maravillas de su amor y manifestando el deseo de que fueran conocidas por todos. En otra ocasión, pidió ser honrado bajo la imagen de su Corazón de carne. Posteriormente, se le apareció radiante de amor y solicitó prácticas de reparación, como la comunión frecuente, la comunión en los primeros viernes y la Hora Santa. Destaca especialmente la llamada “gran aparición”, ocurrida durante la octava de Corpus Christi de 1675, cuando Cristo declaró: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha reservado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor. Como reconocimiento no recibo de la mayor parte de ellos sino ingratitud”, pidiendo la institución de una fiesta de reparación el viernes después de la octava. También solicitó que se le rindiera un homenaje solemne por parte del rey Luis XIV y confió a las religiosas visitandinas y a los jesuitas la misión de propagar la devoción. La propagación de la devoción al Sagrado Corazón
Cuatro años antes de la muerte de la santa, su comunidad comenzó a celebrar la fiesta del Sagrado Corazón de manera privada. En poco tiempo, la práctica se difundió a otros conventos visitandinos y, progresivamente, a parroquias y diócesis. Setenta y cinco años después de su muerte, la fiesta fue aprobada para un país entero —Polonia, en 1765— y, en 1856, el Papa Pío IX la extendió a toda la Iglesia. En 1889 fue elevada a rito doble de primera clase. Paralelamente, se difundieron los actos de consagración y reparación. A partir de 1850, numerosas asociaciones y congregaciones comenzaron a consagrarse al Sagrado Corazón. El 25 de marzo de 1874, el Ecuador se convirtió en el primer país en realizar una consagración oficial nacional, por iniciativa del presidente Gabriel García Moreno. Finalmente, el 11 de junio de 1899, por determinación del Papa León XIII, toda la humanidad fue solemnemente consagrada al Sagrado Corazón. Esta consagración —que León XIII llamó “el gran acto” de su pontificado— fue inspirada por una religiosa del Buen Pastor, de la ciudad de Oporto, conocida como la hermana María del Divino Corazón, perteneciente a la noble familia alemana de los Drost-zu-Vischering. Ella afirmó haber recibido tal petición del mismo Cristo. De modo providencial, falleció el día de la fiesta del Sagrado Corazón de aquel año, dos días antes de la realización de la consagración, que había sido aplazada para el domingo siguiente. Al inicio del siglo XX, el padre Mateo Crawley-Boevey, sacerdote peruano de la Congregación de los Sagrados Corazones, fue enviado a Paray-le-Monial, en Francia, en busca de recuperación para su salud debilitada. Profundamente devoto del Sagrado Corazón, al orar en el santuario de las apariciones, el 24 de agosto de 1907, recibió una gracia decisiva: se sintió curado y, al mismo tiempo, comprendió claramente su misión. Inspirado por las revelaciones a santa Margarita María y también por la constatación de que el laicismo estaba apartando a Dios de la vida social, decidió promover la entronización del Sagrado Corazón en los hogares, en las escuelas y en los ambientes de trabajo, con el objetivo de restaurar la vida cristiana de las familias y de la sociedad, reconociendo a Cristo como Rey. En esa misma ocasión delineó el plan y el ceremonial de esta obra, que rápidamente se transformó en una verdadera cruzada espiritual. Tras iniciar su apostolado en Tierra Santa con el apoyo del Papa san Pío X, difundió la práctica en Chile a partir de 1908, alcanzando gran éxito y expandiéndola por América del Sur. Posteriormente llevó esta misión a Europa, especialmente durante la Primera Guerra Mundial, promoviendo una notable renovación espiritual en diversos países y contribuyendo a la consagración de naciones enteras al Sagrado Corazón de Jesús. “Fuente inagotable de misericordia” Desgraciadamente, a partir de la década de 1930 comenzó a difundirse en ciertos ambientes eclesiales una nueva “sensibilidad” teológica y pastoral, promovida en el seno de la Acción Católica y del llamado Movimiento Litúrgico. Esta orientación pretendía “reorientar” la vida cristiana hacia la liturgia y los sacramentos, a menudo en detrimento de las devociones populares, que pasaron a ser vistas como excesivamente sentimentales o poco fundamentadas en la Sagrada Escritura. Las críticas descritas por nuestro consultante son, en gran parte, un eco de las objeciones que ya se formulaban, a mediados del siglo pasado, contra el Apostolado de la Oración y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Este proceso se intensificó luego de las reformas del Concilio Vaticano II, llevando, en diversos lugares, al abandono de prácticas tradicionales como la entronización del Sagrado Corazón en los hogares o la Guardia de Honor ante el Santísimo Sacramento.
A pesar de ello, la devoción al Sagrado Corazón jamás desapareció. Permaneció viva en muchos ambientes y, en las últimas décadas, viene conociendo un renovado interés en distintos contextos del mundo católico. Una señal de ello es el documental Sagrado Corazón - Su Reino no tendrá fin, estrenado en Francia en octubre del año pasado y dirigido por el matrimonio de Steven y Sabrina Gunnell. Se trata de una obra de carácter histórico, enriquecida con testimonios de conversión, que alcanzó un éxito inesperado en los cines, reuniendo a más de medio millón de espectadores. En medio de las turbulencias que marcan este mundo cada vez más alejado de Dios, comienza a cumplirse la promesa transmitida por Nuestro Señor, por medio de Margarita María Alacoque, a quienes se consagran a su Corazón: “Los pecadores hallarán en mi Corazón una fuente inagotable de misericordias; las almas tibias se harán fervorosas por la práctica de esta devoción; y las almas fervorosas se elevarán rápidamente a una gran perfección”. En esta época, somos invitados a acoger la sugerencia del padre Julio Chevalier, fundador de los Misioneros del Sagrado Corazón, honrando de modo especial la invocación que él propagó: Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Agradezcamos a Dios por haber escogido a María para formar en su seno el Corazón de Jesús, por los sentimientos de amor que ese Corazón tuvo hacia su Madre y por el poder que le concedió sobre su propio Corazón. Y pidamos a la Santísima Virgen que nos conduzca hasta el Sagrado Corazón, verdadera “fuente de vida y de santidad”, como reza su letanía.
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