Eduardo Dufaur En un hogar típico constituido por un matrimonio de abogados de éxito en Buenos Aires, los padres y los hijos no comían juntos. Reinaban los smartphones, las tablets, los laptops o la televisión. Los pretextos o excusas eran múltiples: los horarios del trabajo o de la escuela, las actividades intensas, etc. Hasta que la familia pensó en volver a compartir las comidas. No fue fácil, pues los chicos no estaban acostumbrados a sentarse a conversar y cada uno comía el delivery de su gusto, explica el diario argentino “La Nación”. Entonces experimentaron al vivo lo que habían escuchado de muchos psicólogos especializados en la vida social: cuando la mesa familiar no se comparte como es natural, el desarrollo social de niños y adultos sufre un impacto negativo. El aspecto positivo de la mesa no se limita a la calidad de los alimentos, sino a lo más importante que es la construcción de vínculos, modos de relacionarse, conversaciones donde el espíritu de familia se revela como la interacción humana más apreciada, sabrosa y satisfactoria. Así lo explica Denise Beckford, psicóloga especializada en niños y adolescentes desde una perspectiva social y familiar. La convivencia en la mesa es tan insustituible que en una situación normal no hay nada que pueda suspenderla: ni la lluvia, ni un acontecimiento político o deportivo. Es el momento en el que cada uno comparte lo que ha vivido, expresa lo que tiene en el alma y lo comenta con los demás miembros de la familia generando una unidad que llega a lo más profundo del espíritu.
En esta familia (cuyo nombre omitimos por razones de privacidad) las comidas son ahora un hábito adquirido y una oportunidad para ahondar en la educación de los hijos. “Es un momento de comunicación, para hablar de emociones y proyectos familiares. También, para enseñar buenos modales, cómo se pone la mesa, cómo se usan los cubiertos, y que mis hijos puedan adquirirlos con naturalidad”, destaca la madre, que es abogada y directora de un centro de asesoría de imagen. ¿Qué impresión dará un abogado u otro profesional si en un almuerzo de trabajo no sabe cómo coger el tenedor? El padre, especialista en derecho tributario, explica la importancia de que sus hijos vean una mesa bien puesta, bien servida, en la que además de todos los elementos básicos (manteles, servilletas, platos, vasos y cubiertos), se añadan flores naturales u otro adorno. Quien se ha acostumbrado a una mesa caótica es incapaz de presentar presupuestos o informes ordenados. “Cuando uno conversa y se mira, es posible empatizar con el otro, descubrir cómo está, qué le pasa. Ser nombrado, escuchado y validado por la otra persona, habilita una sensación de seguridad que fortalece la imagen de uno mismo y da solidez para asumir desafíos y desenvolverse en sociedad”, explica Leticia Arlenghi, especialista en terapia Gestalt. “Las situaciones de violencia que hemos visto en este último tiempo reflejan que existe una comunicación verbal paupérrima, fallida, y eso empieza en la mesa, el punto neurálgico de intercambio familiar. Los adolescentes no saben expresarse con palabras, entonces acuden a los golpes”, opina Eva Lucía Branda, consultora del Centro Delfina Mitre de Buenos Aires. Ella se sienta con el resto de la familia a la mesa sin celulares y con la televisión apagada, condiciones que considera innegociables para una vida familiar exitosa. Hace algunos años, después de casi dos décadas de investigación, el Centro Nacional de Adicción y Abuso de Drogas de la Universidad de Columbia (actualmente Centro de Adicciones) concluyó que se puede evitar el riesgo de narcodependencia aumentando el número de veces que la familia come unida. El documento se titula “La importancia de las comidas familiares” y en él se constata que los adolescentes que comparten menos de tres comidas en familia por semana son dos veces más propensos al consumo de alcohol; dos veces y media más propensos al de marihuana y cuatro veces más al de tabaco y/o alguna droga pesada en el futuro.
Esto en comparación con los jóvenes que almuerzan o cenan con sus padres al menos en cinco o siete ocasiones por semana. Comer en familia fortalece las relaciones entre padres e hijos alejándolos de los riesgos de contraer adicciones. La Sociedad Académica de Pediatría, el congreso internacional anual que reúne a las sociedades pediátricas del mundo, concluyó que los niños que comparten la mesa con sus padres son mejores en su desempeño académicas, además de mostrar un buen equilibrio emocional y ser menos propensos al bullying o acoso escolar. La mesa es un punto crucial en los negocios. “Si no sabes cómo manejarte, cómo se toman los cubiertos, la negociación pierde seriedad”, explica la consultora en protocolo e imagen internacional, Karina Vilella. Paradójicamente, en su instituto, “la mayor cantidad de alumnos son profesionales entre 30 y 40 años que buscan dar un salto cualitativo y quieren aprender las reglas del comer”. Y agrega: “¿Cómo uno se da cuenta si es buen padre? Cuando tu hijo te pregunta, mientras comen, ‘¿cómo te fue hoy?’”. En la mesa de la familia complicada, todos están sumergidos en sus celulares y son insensibles a lo que le pasó al otro, concluye la directora del Centro Diplomacia Karina Vilella.
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