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San Juan Bosco Las parábolas son ejemplos, o símiles, tomados de lo que generalmente acontece entre los hombres. Se usaba mucho en la antigüedad, especialmente entre los judíos; y el Salvador se sirvió con frecuencia de ellas para explicar las verdades de la fe. La oveja descarriada Un pastor llevó a apacentar cien ovejas, y al recogerlas en el aprisco, echó de ver que no había más que noventa y nueve. Con el corazón dolorido dejó a estas en el aprisco y fue por valles y montes en busca de la que se había alejado de las otras. En cuanto la encontró, la puso sobre sus hombros, y llegado a casa, llamó a sus amigos y vecinos y les dijo:—“Regocijaos conmigo, porque he hallado a mi ovejilla extraviada. […] De igual suerte digo a vosotros—concluyó el Salvador— que habrá más regocijo en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia”. El Hijo Pródigo
Para demostrar la suma benignidad con que la divina misericordia recibe a los pecadores arrepentidos, dijo el Salvador la siguiente parábola. Un padre tenía dos hijos a los cuales daba con abundancia cuanto les era necesario. El más joven, llevado por el deseo de sacudir el yugo paterno, se presentó un día a su padre y le dijo: —“Padre, dame la parte de la herencia que me pertenece”. El padre se la dio con mucho pesar. Entonces el incauto joven, reuniendo todo lo que le había tocado, se fue a tierras lejanas y entregándose a los vicios derrochó en poco tiempo su caudal. Sobrevino en aquellas comarcas una gran carestía y se vio obligado a entrar al servicio de un amo que le envió a guardar los cerdos de su granja. Aniquilado el infeliz por el hambre, anhelaba sustentarse con las bellotas que servían de pasto a aquellos inmundos animales, pero no podía satisfacer con ellas su apetito. Entrando entonces en sí mismo iba diciendo: —“¡Cuántos siervos en la casa de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! ¡Ah, quiero dejar este miserable estado, volveré a mi padre y le pediré perdón!” Dicho esto se puso en marcha hacia la casa de su padre. Afligido este por la ausencia del hijo, salía todos los días a esperarle y apenas le vio venir de lejos corrió a él conmovido, le abrazó y le besó. El hijo, arrepentido se postró a sus pies y le dijo: —“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. El padre le levantó sin contestar, y lleno de alegría dijo a sus sirvientes: —“Traed aquí el mejor vestido, ponedle el mejor anillo en el dedo y los zapatos en los pies, matad el ternero más cebado, convidad a los amigos y hagamos fiesta; porque este hijo mío había muerto y ha resucitado; se había perdido y ha sido hallado”. El hijo mayor, que siempre había sido fiel a su padre, al volver del campo oyó música y vio la alegría que reinaba en su casa, y cuando supo que todo esto se hacía porque había vuelto su hermano derrochador, se lamentó ante su padre, como si hubiese usado de más bondad con aquel hijo díscolo que con él, que siempre le había obedecido. Su padre le contestó: —“Hijo mío, tú siempre estás conmigo; todo lo que poseo te pertenece. ¿No era conveniente hacer fiesta hoy que tu hermano ha vuelto? Estaba muerto y ha resucitado; se había perdido y ha sido hallado”. La acogida que hizo este padre a su hijo, es figura de la que hace Dios al pecador cuando vuelve a Él arrepentido ♦
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Tricentenario: San Luis María Grignion de Montfort |
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