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R.P. Raúl Plus SJ Un destacado escritor francés refiere la siguiente anécdota de un colega: “A la edad de cinco años cometió cierta travesura. Su madre, que estaba pintando, le hizo marchar de su taller, como penitencia, y cerró tras sí la puerta. Detrás de esta empezó el niño a pedir perdón y a prometer que no lo volvería a hacer, empleando los tonos más serios y sinceros. Su madre no se dignó contestarle. Pero tanto insistió, que ella abrió, por fin, la puerta. El niño, de rodillas, se fue arrastrando hasta ella en actitud suplicante y con acentos tan serios y patéticos, que la madre, en el instante en que el niño llegó a su presencia, no pudo contener la risa. Instantáneamente se levantó el niño y, cambiando de tono, exclamó: ‘¡Está bien! Puesto que te burlas de mí, no te pediré jamás perdón’. Y así lo hizo”.
La aparente mofa de un acto de generosidad del hijo es el mejor procedimiento para extinguir en él para siempre el gusto por la generosidad. La pobre madre no se reiría, sin duda, del sentimiento que oprimía el alma del niño; se reiría tan solo de la manera como lo traducía al exterior. Pero el hijo no supo distinguir: se ríe, luego se burla; si se burla, es que eso deber ser ridículo. En consecuencia, el niño no adoptará jamás una postura ridícula. Su pequeña conciencia es geométrica; su raciocinio es simplista; pero es propio de su edad. Piense lo que se necesita para que un niño se decida a pedir perdón por una travesura. Muestra en ello alguna torpeza, como es natural. Se siente dolorido por el disgusto que ha causado a sus padres; torturado, acaso por el remordimiento, y preocupado ante la perspectiva del castigo. Expresa el pedido de perdón con sollozos excesivamente anhelantes; pero existe en él un pesar verdadero. Comediante nato, es probable que exagere voluntariamente la manifestación externa de su arrepentimiento; pero ¿ocurre así siempre? De ordinario el niño es “naturaleza”, y, salvo pruebas en contra, su gesto es leal y expresa realmente lo que siente. ¡Qué inconveniencia entraña, pues, el hecho de que su arrepentimiento sea acogido de una manera tan insospechada y desconcertante! A veces se tratará de una confidencia, de una pregunta que el niño, en su simplicidad, formulará sin calcular su alcance, con un entusiasmo que deseará ver compartido, con un afán de generosidad que anhelará ver confirmado. Si advierte que no le escuchan o que parecen reírse de sus bellos ensueños o de su afán de explicaciones, se acostumbrará a vivir cerrado; mantendrá secretos sus pensamientos y buscará por su propia cuenta una respuesta a las preguntas, a veces muy inquietantes, que se formulará a sí mismo. Otra forma de risa intempestiva es la de los padres o familiares a propósito de un acto moralmente reprensible cometido por el niño. En el comportamiento de los niños distingamos dos clases de actos: los que no entrañan ninguna deformación moral, como romperse la ropa corriendo, manchar inadvertidamente el pupitre, volcar torpemente un tintero; y los que entrañan un problema moral, como hurtar, mentir, faltar a la obediencia y al respeto. Puede suceder que uno sea exageradamente severo con los actos faltos de toda responsabilidad moral y se muestre benévolo o complaciente con determinados gestos o palabras moralmente reprensibles. Nada deforma tanto las conciencias infantiles. Los niños se acostumbran a considerar como graves ciertos actos exentos de toda malicia, pero a propósito de los cuales reciben seria reprimenda, y a considerar como insignificantes ciertos actos moralmente graves, pero que divierten a sus familiares. Moraleja: Me fijaré en mis risas y sonrisas. No usaré de ellas intempestivamente.
* Adaptado del libro Cristo en el Hogar, Ed. Subirana, Barcelona, 1960, p. 574-577.
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