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Plinio Corrêa de Oliveira En nuestra época, toda impregnada de modernismo, de progresismo, de evolucionismo, es dura la condición de los ancianos.
Hablamos aquí de los ancianos sin “maquillaje”, que no se avergüenzan de mostrar sus arrugas y sus cabellos blancos, que no esconden ni su edad, ni las devastaciones que el tiempo inclemente haya hecho en su cuerpo o incluso en alguna facultad de su espíritu. Hablamos sobre todo de los ancianos que comprenden que una de sus más altas misiones en la vida es representar la tradición, y que por eso mismo, ni se ruborizan del pasado del que son genuinas reliquias, ni se sienten disminuidos por no acertar el paso con el presente. De nuestros comentarios está pues excluido el anciano deteriorado, que quiere fingir ser joven, que en su propia ancianidad sólo ve vergüenza y decrepitud… el anciano o la anciana que por medio de cosméticos, operaciones plásticas, expresiones, risas y apariencia de jóvenes, no consigue ocultar su edad, y parece un vivo incentivo para que los jóvenes desprecien la vejez. Pues si el anciano no respeta sus canas, ¿cómo las respetará en él el joven? El anciano del tipo tradicional, decíamos, no está rodeado hoy en día por la veneración de otrora. Evitan su conversación, porque incluye referencias a un pasado que se ve con malos ojos. Evitan hasta su presencia, pues recuerda la debilidad, el dolor, y, ¡horror supremo, la muerte! En las ocasiones inevitables en que él está presente, se evita darle la oportunidad de hacerse oír. La conversación general es tan rápida, tan ágil, tan llena de neologismos, que él no la consigue acompañar bien. Y… esto es normal para un progresista. Pues todo cuanto representa el pasado no es sino un detrito que está durando demasiado. * * * Esta actitud perfectamente pagana hacia los ancianos, quien osaría imaginarlo, se introdujo hasta en los medios católicos. Ella se reviste del aspecto de desprecio, agresivo y amargo, al anciano que reza, y más especialmente a la anciana. En esta época en que la Iglesia es como una inmensa ciudadela atacada por incontables enemigos por dentro y por fuera, se tiene la impresión, al oír a éste o aquél, que el gran peligro está en la beata. Sí, en la beata, esa pobre viejecita sin pretensiones ni aspiraciones mundanas, que se viste con trajes pobres, decentes pero apagados, que constituyen como que el uniforme de la resignación, de la renuncia y de la fe. Sí, viejecitas como éstas de nuestra fotografía, que ponen toda su alegría en expandir junto al Sagrario y al altar de la Virgen María las aflicciones del aislamiento en que viven y de la pobreza que sobrecargan, o la esperanza del cielo, que las sustenta.
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