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Plinio Corrêa de Oliveira
Con la guitarra en bandolera, y el micrófono en la mano, el “artista”, campeón mundial del frenesí, que puso en delirio a millones de personas en los años 50, Elvis Presley, canta y baila rodeado de instrumentos musicales, frente a un público alucinado. En el hombre la inteligencia debe dirigir la voluntad, y ambas deben a su vez esclarecer la sensibilidad, guiarla, y ampararla contra las debilidades que le son propias. Pues de las facultades humanas, todas nobles en sí mismas, pero todas condicionadas por el pecado original, aquella por donde más frecuentemente comienzan los desórdenes, las crisis, los desmanes, es precisamente la sensibilidad. Por el contrario, en el porte, en el gesto, en la fisonomía de este pobre joven, todo indica el desencadenamiento total de la sensibilidad, subyugando enteramente la voluntad, determinando movimientos en los que absolutamente no se nota el equilibrio, el buen sentido, la compostura inherentes a la acción rectora de la inteligencia. Y, aun en el caso presente ni siquiera se trata precisamente de la hipertrofia de la sensibilidad, al estilo de los románticos. Censurable en estos era el exceso de emotividad en relación a determinados asuntos políticos, sociales, artísticos o literarios, o frente a ciertas situaciones personales como la orfandad, la viudez, la soledad afectiva, etc. Desde un cierto ángulo, el error del romántico consistía en hacer del sentimiento el ápice y el fin de toda la vida mental. Error, sin duda, error grave, que produjo en la historia de la cultura occidental funestas consecuencias. Pero error que, por lo menos, todavía presumía una verdad, o sea que el sentimiento es uno de los elementos integrantes del proceso intelectual. En el caso concreto, hay un mero vibrar de nervios. De nervios enfermizos y superexcitados, que vibran sin otra razón, sin otro punto de partida y sin otro objetivo sino el placer mórbido de vibrar, y cuyo frenesí pide a su vez vibraciones siempre mayores, por donde se llega rápidamente a las manifestaciones extremas, ritmos delirantes, gestos desordenados, expresiones fisonómicas contorsionadas, un conjunto de desmanes, en fin, típicos de los que, según la expresión incisiva de Dante, “perdieron la luz del intelecto”. * * * Al lado de esta lamentable manifestación de indisciplina interior de tantos jóvenes de nuestros días, dan bellísimo ejemplo estos estudiantes católicos alemanes, que participan del Katholikentag (Congreso católico) realizado en Fulda, en agosto de 1954.
Fisonomías que expresan el hábito de concentrarse y estudiar, creado por una formación intelectual profundamente seria, desde las aulas de primaria. Vigor físico resultante de un trato al cuerpo, contenido en sus justos límites, sin exageraciones del “deportivismo” frecuente entre nosotros. Un porte firme, del cual está excluida cualquier molicie, y que nos hace ver en estos jóvenes, no solo futuros intelectuales, sino hombres dispuestos para la acción y la lucha. En esta fotografía, todo hace pensar en la gran verdad enunciada por Claudel: “la juventud no fue hecha para el placer, sino para el heroísmo”. Al tiempo que en el primera ilustración todo parece decirnos que la juventud no fue hecha para el heroísmo, sino para el placer. O peor aún, para gozar.
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Al santuario de Mater Boni Consilii |
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