Pintaba íconos o imágenes en Constantinopla, en el reinado de Teófilo, un iconoclasta furioso. Este mandó lanzarlo a una cloaca, de donde consiguió escapar, volviendo después a pintar. El emperador mandó entonces que le fuesen quemadas las palmas de las manos, pero la emperatriz Teodora lo escondió en una iglesia, lo curó y consiguió reestablecerlo. Lázaro fue encargado de llevar a Roma la noticia de que la emperatriz Teodora resolvió la discusión a favor del culto a las imágenes. Se dice que él murió en un naufragio.
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Devociones marianas en el mundo |
150 años de una maravillosa alianza de la Inmaculada Concepción con los hijos de la Luz |
Artículo de portada
En Lourdes, Nuestra Señora coliga a sus hijos para la victoria final Quien peregrinó a Lourdes lleva grabada en el corazón como que una reproducción de la gruta de Massabielle. Hacia ella se volverá con nostalgia y confianza en las horas más difíciles, con la certeza de ser atendido. Y basta rememorar aquel recuerdo para que renazca en sí el deseo, casi diría irrefrenable, de volver algún día a la gruta de la Virgen... |
Promovido por la Asociación Santo Tomás de Aquino