Jueves Santo
Nuestro Señor, en una manifestación extrema de amor divino por sus hijos en este mundo, en la víspera de su crucifixión, resurrección y ascensión al cielo, instituyó el sacramento eucarístico en la Última Cena, la postrera con los apóstoles, para no abandonarnos nunca, permaneciendo en la tierra, quedando físicamente presente en el sagrario. No apenas de manera simbólica, sino realmente presente bajo las apariencias de las sagradas especies consagradas (el pan y el vino). Así, estando siempre entre nosotros —para escuchar nuestras súplicas y atenderlas, cuando fuere necesario para nuestra salvación eterna— cumplió con esta promesa divina: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos” (Mt 28, 20).
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Descenso de la Cruz (detalle, s. XV), Fray Angélico – Museo de San Marcos, Florencia |
Artículo de portada
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